Trece razones para enseñar a decir NO

Yo también vi Thirteen Reasons Why (Por trece razones), la serie de Netflix que cuenta la historia de una adolescente suicida que antes de morir deja grabadas las 13 razones que la condujeron a tomar esa trágica decisión. Una serie que ha generado una importante controversia y que suma tantos seguidores como detractores.

Como psicoanalista especialista en adolescentes, me parece que las historias de Hanna, de Jessica, de Clay… En general, la de todo el grupo de compañeros del instituto, ilustran muy bien los conflictos y las dificultades que deben enfrentar los adolescentes de estos tiempos. Seguramente, cualquier adolescente podrá verse a sí mismo retratado en alguno de los personajes.

Todos los adolescentes tienen que dar su propia respuesta a dos tipos de problemas.Unos son los comunes a los chicos y chicas de todas las épocas. La búsqueda de una identidad propia que los diferencie de sus padres. Los vínculos con sus iguales. La importancia de la aceptación y el reconocimiento del grupo (y de las servidumbres que esto conlleva, como la sumisión absoluta a sus leyes, el pacto de silencio, la lealtad, a veces mal entendida). Su fragilidad emocional respecto a la propia imagen (por la irrupción de un cuerpo sexuado, que les impone sus cambios sin preguntar). La volatilidad de su sentimiento de valor personal (sensación de ser el centro del universo, blanco de todas las miradas y, al minuto siguiente, sentirse completamente invisibles a los ojos del mundo; o la certeza de que con cada cosa que les ocurre, a cada minuto, se lo juegan todo a vida o muerte, sin perspectiva ni visión de futuro. En definitiva, un pequeño infierno que todos hemos atravesado con mayor o peor fortuna.

Los otros son los conflictos que les plantea la cultura particular en la que les toca vivir. Es decir, las costumbres imperantes en cada época, en cada entorno social, las circunstancias en las que los problemas comunes de todo adolescente se habrán de desplegar.

Por trece razones nos habla de los adolescentes en la era de Google. Abrumados por una hiperconectividad que más que acercarnos los unos a los otros, nos deja cada vez más expuestos y a la vez más aislados. Una época que se nos ha impuesto de golpe, sin progresión, sin darnos tiempo a generar herramientas para defendernos y defender a nuestros hijos de sus peligros. Unos tiempos que cambian de un día para otro haciendo que la brecha generacional se ahonde no sólo entre padres e hijos, sino entre hermanos de diferentes edades. La serie es un fiel reflejo de nuestro tiempo en el que ya no hay cauces ni límites. O lo que es lo mismo, en el que parece que valen todos los cauces y todos los límites. Precisamente por eso es como si los problemas comunes a todos los adolescentes, los universales, parecen desbordados. Este es el motivo por el que nuestros adolescentes –y todos nosotros, no engañemos-, nos enfrentamos a una especie de intemperie moral.

La serie empieza con un suicidio pero termina con una esperanza. Hay salida. Hay que estar ahí, disponibles y atentos a los cambios. Hay salida. Para empezar, debemos enseñar a nuestras hijas, a saber decir NO alto y claro. Sin dudar, sin miedos sin ambages. NO a los excesos sexuales que no deseamos, NO al maltrato, NO al abuso, en ninguna de sus formas. Recomiendo la serie no sólo a los chicos y chicas, sino a sus padres y, de ser posible unos y otros en compañía. Hay salida. Hay que hablar. Y en todo caso, la ayuda profesional siempre debería estar disponible.

La serie también me ha hecho pensar en cómo las experiencias emocionales de los adolescentes se parecen mucho a las experiencias que vive la sociedad de hoy. Somos una sociedad adolescente, sin cauces ni códigos, no hay jerarquías, parece que todo es igual y todo vale. La única consideración es “me apetece-no me apetece”, o, “si quiero puedo”. Otros valores –esperar, postergar, tolerar, comprometerse, ser capaz de sufrir, están fuera de circulación.

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