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El enamoramiento nos trastorna los sentidos

Marielita idealizaciónLa semana pasada expliqué una de las razones por las que nos cuesta poner fin a una relación que nos está haciendo sufrir: nuestra resistencia al cambio. Hoy abordaré otra razón no menos importante: la idealización de nuestra pareja.

El enamoramiento es una deliciosa enfermedad de la que nadie querría curarse. Entre otras cosas, se caracteriza por una curiosa profusión de alucinaciones. Me explico: en una conversación sosa, el enamorado escucha un verbo excelso. Ante un ser humano normalito, el enamorado mira una belleza exótica o peculiar. Le enumeración de los continuos fracasos del amado conmueve al enamorado, y le convence de la mala suerte y de la injusticia con que la vida ha tratado a su tesoro.

Como veis, el enamoramiento nos trastorna los sentidos. Nos hace fabricar a un personaje de ficción, a un ser deslumbrante a nuestra medida.

Por suerte, con el paso del tiempo, se aclara el entendimiento y empezamos a ver al ser humano real que tenemos delante. De todos modos, por mucho que reconozcamos la realidad, siempre mantenemos un resquicio de idealización que nos facilita la convivencia. Siempre estaremos dispuestos a engañarnos un poco respecto a las cualidades de quien tenemos a nuestro lado.

Lo cierto es que, cuando nos separamos, nos cuesta renunciar no solo a la persona real con la que hemos pasado parte de nuestra vida, sino también a ese aspecto idealizado, endiosado, que hemos inventado nosotros mismos y que a menudo tiene poco que ver con quien solemos compartir el desayuno.

Parte de lo que se pierde en una separación es esa inversión a fondo perdido que hicimos cuando nos enamoramos. Lloramos por el hombre verdadero que se va, pero sobre todo lloramos por el ser imaginario que nos habíamos inventado. Únicamente cuando lo vemos caer del pedestal que habíamos construido para él, lo contemplamos en toda su humanidad y descubrimos la estafa que nos hemos infligido a nosotros mismos.

¡Somos nuestro propio Lehman Brothers!, y sufrimos la debacle de nuestra economía interna particular. Nuestra inversión se ha ido al garete. Era todo producto de nuestra burbuja imaginaria. Es muy duro admitir que la única manera de tener al menos una posibilidad de salir de la ruina sea empezar por reconocerla y aceptarla.

¿Alguna vez os han dicho “si te vas, me muero”? La próxima semana lo entenderéis.

Enganchados al sufrimiento

Marielita encadenadaLo prometido es deuda y ¡más en mi blog! Tal y como les dije en mi anterior entrada, en las próximas semanas, iré desgranando las razones subjetivas que nos surgen del inconsciente para no separarnos, para no poner fin a una relación que nos está haciendo sufrir.

La primera razón es nuestra resistencia al cambio. ¿Por qué nos aferramos a lo que somos, a lo que tenemos o a lo que conocemos, aunque sea malo?

En el camino de vuelta de mis vacaciones de Semana Santa, recordé la historia de una de mis pacientes, Marina.

Marina está enganchada a una relación amorosa intermitente; una de esas relaciones que se rompe, se reanuda y se vuelve a romper, y que le produce muchísimo sufrimiento. Con cada ruptura, Marina se promete a sí misma que será la última, pero sabe que la historia se va a repetir, porque una fuerza más potente que ella misma la obliga a volver allí, donde tiene el sufrimiento asegurado.

Como Marina, vienen a mi consulta personas que buscan ayuda con esfuerzo y determinación para llevar una vida mejor, pero que, al mismo tiempo, parecen dominadas por un sentimiento de mantener vivo el sufrimiento. De hecho, antes de acudir a mí, los familiares, amigos e incluso los libros de autoayuda le han ofrecido un arsenal de soluciones para salir de ese bache. Consejos que el paciente agradeció cuando se los dieron pero que no fue capaz de seguir.

Incluso, a algunas de esas personas la vida les ha dado una oportunidad, les ha abierto un camino para poder mejorar su situación, pero, sin embargo, les cuesta mucho tomar ese camino hacia la felicidad. ¿Por qué ocurre esto?

Encontramos ventajas inexplicables de las costumbres más disparatadas. Sabemos que lo que él hace demasiado a menudo no se llama “ponerse nervioso” sino colocarse, insultarme y zarandearme, pero es como fumar; da igual lo que sepamos, un extraño placer nos alienta a justificarle, nos ayuda a decir que en realidad lo hace porque le importamos demasiado o porque algo habremos hecho mal. Justificamos cada uno de sus desprecios, cada uno de sus insultos… aunque nos mate.

En general, nos resistimos a cualquier cambio. Y es que cambiar es difícil, aunque sea para bien. Nos aferramos a lo que conocemos como si fuera lo único que existe. Y lo hacemos sin darnos cuenta, con la misma esperanza ciega de un ludópata de que una de las muchas veces en las que repetimos, ganaremos la mano y la historia saldrá bien…

La próxima cita… la idealización de la pareja.

Un precio demasiado alto

Atlas, Marielita, euro No es lo mismo comprarte un Mercedes que un Panda, lo sé. El que quiera un Mercedes tendrá que estar dispuesto a pagar un precio más elevado, pero no más.

Tenemos que saber qué queremos y qué precio estamos dispuestos a pagar por lo que queremos. Pero sin perder de vista que “cualquier precio” por un coche, por unos zapatos o por una historia de amor es siempre, siempre, un mal negocio.

“Cualquier precio” es, sin excepción, un precio demasiado alto. En alguna parte debe haber un límite. En algún momento hay que poder decir: “Por ahí no paso”, “hasta aquí hemos llegado” o “a esto no estoy dispuesta”. El exceso lo pagaremos a costa de nuestra dignidad, de nuestra autonomía, de nuestras relaciones familiares, de nuestro trabajo, de la consideración de nuestros hijos… A veces, trágicamente, a costa de nuestra vida.

Si alguien nos preguntara, a priori y en teoría, si seríamos capaces de mantener una relación a cualquier precio, todas contestaríamos al unísono un clamoroso ¡no! Sin embargo, si alguien te pregunta si serías capaz de dejar de ponerte falda para evitar que tu novio se pongo de morros o si estarías dispuesta a abandonar los partidos de pádel de los sábados por la mañana con tus amigas para estar a disposición de tu nuevo novio…, entonces, muchas, demasiadas, vacilaríamos. En los detalles pequeños, en las minucias, es donde renunciamos a nosotras mismas y vamos pagando poco a poco ese elevadísimo “cualquier precio” que habíamos jurado no pagar.

En mi consulta o a través de los correos que recibo, me contáis cómo dais consejos estupendos a las amigas; unos consejos que en la vida particular de cada una luego no podéis aplicar. ¿Por qué?

El sano juicio, en cuestiones de amor, se tambalea. En asuntos del corazón, la razón tiene poco que decir. La locura de amor, cualquier locura, suele obedecer a razones que no controlamos conscientemente. Por eso es difícil entender por qué nos cuesta tanto decir ¡basta!

En las próximas semanas, os explicaré algunas de esas razones que nos acechan agazapadas desde el inconsciente, tales como la resistencia que mostramos ante cualquier cambio, la angustia de la separación y la idealización de la pareja.

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Virginia Vallejo: “Amé a Pablo Escobar, pero eso no me convierte en su cómplice”

Virginia Vallejo in 1987 by Hernan Diaz

¡Yo también me enganché a la serie Narcos! Como cualquier adicto que se precie, consumí uno tras otro los 30 capítulos de las tres temporadas. Sí, lo confieso. Confieso también que me entusiasmó el personaje de Valeria Vélez —Virginia Vallejo—, esa mujer hermosa, exitosa y culta que cayó rendida a los pies de un hombre muy rico, sí; muy poderoso, de acuerdo; inteligente, sin duda, pero primitivo, despiadado y nada atractivo…

Mientras que al resto de los personajes —en uno y otro bando— se los veía venir: planos, ambiciosos, violentos, ilimitados, todos perseguían un fin y nada era un obstáculo para alcanzarlo; ella, en cambio, brillaba en los matices, en las contradicciones, en el misterio. De todos, fue el único personaje al que busqué en Internet para conocerlo mejor y escuchar algunas de sus entrevistas. Descubrí que ¡había publicado un libro! y que ese libro había vendido miles y miles de ejemplares… Entonces me absorbían —además de la serie— otras lecturas y lo dejé pasar, pensando que sería entretenido para el verano. En esas estaba cuando recibí una llamada de la revista Mujer Hoy con las palabras mágicas:

¿Te gustaría entrevistar a Virginia Vallejo?

Y respondí con un refrán venezolano:

Muerto, ¿quieres misa?

¡Cuánta emoción! ¡Iba a entrevistar al paradigma de las mujeres malqueridas que describo en mis libros! Inmediatamente me puse a ello. El libro se lee solo y, en muchos sentidos, es más apasionante que la serie. En poco tiempo estaba lista para el primer trabajo periodístico de mi vida. Pero, ¿realmente estaba lista? Yo sabía que quería revelar sus contradicciones, pero también sabía que me enfrentaba a un peso pesado del periodismo y del manejo de los medios. Mis años de experiencia como psicoanalista ¿me servirían en este caso?, ¿o se trataba de una tarea del todo diferente que no sabría realizar? La experiencia fue fantástica. Me gustó conocerla y entrevistarla fue una gran aventura en un territorio para mí inexplorado.

El resultado sólo podéis evaluarlo los lectores, así que ahí os dejo la entrevista. ¡Ya me contaréis!

Entrevista a Virginia Vallejo: “Amé a Pablo Escobar, pero eso no me convierte en su cómplice”

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Mis apariciones en los medios

Si quieres conocer más sobre mis trabajos como psicoanalista o sobre los libros que he publicado, te invito a ver mis apariciones en los medios de comunicación.Aparición en los medios

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Amor

Mariela Michelena - el amor

El amor, en cualquiera de sus formas, es el principal motivo de consulta, y es que todos sufrimos por amor: el amor de los padres por sus hijos y el de los hijos por sus padres, la competencia entre hermanos, el amor de la pareja, el desamor o el abandono, el amor propio —a veces tan escaso y a veces desbordado—, el amor al trabajo o el duelo ante la pérdida de un ser querido.

El amor nos da la vida y nos deja sin respiración. Lo mismo nos mata una tarde que nos devuelve la ilusión a la mañana siguiente. Como decía Freud, nada nos distrae más de la dureza de la vida ni nada nos deja más desprotegidos ante sus golpes que el estar enamorados.

Y así es: un psicoanalista siempre está escuchando historias de amor. No sólo del amor romántico, lo sé, pero es verdad que las penas de amor llenan nuestras consultas, porque en ellas se concentran y se actualizan todas las otras penas de amor que hemos acumulado a lo largo de la vida.

En ocasiones, el final de una relación suele marcar el comienzo de un tratamiento, ese es un motivo de consulta muy habitual. Reconstruirse después de una ruptura requiere de un trabajo psíquico profundo y a veces prolongado. Se trata de un duelo en toda regla; la vida, tal como la conocíamos, ya no es lo que era y hay que aprender de nuevo cada gesto, mientras se sanan las heridas. El tiempo por sí solo no lo cura todo.

A lo largo de mi experiencia como psicoanalista, he escuchado con interés a personas que sufren por un amor imposible, un amor perdido o un mal amor: relaciones intermitentes de ahora sí, ahora no; relaciones efímeras de usar y tirar; relaciones de maltrato encubierto —y no tan encubierto­—, relaciones triangulares, o relaciones de dependencia emocional que sólo garantizan sufrimiento. Esa escucha me ha llevado a escribir Mujeres malqueridas primero, luego Me cuesta tanto olvidarte, hasta completar la trilogía con Mujeres que lo dan todo a cambio de nada. Estos libros fueron concebidos como una manera de acercar mi experiencia como psicoanalista a un público más amplio que el que puede asistir a una consulta, y a la vez han abierto las puertas para que se acerquen miles de mujeres a través de las redes sociales a contarme sus historias, a la espera de un poco de luz sobre su caso.

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