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¿Qué comemos cuando comemos? Pan, amor y fantasía

¿Qué como cuando como? Pan, amor y fantasía.En los últimos días, muchos de vosotros me habéis preguntado sobre mi conferencia en el congreso Diálogos de Cocina (10 de marzo). Aquí tenéis un resumen de lo que dije en mi intervención. ¡Bon appetit!

Para empezar esta historia desde el principio, tenemos que empezar por los bebés. Comer es la actividad más importante que realiza el bebé, no solo por lo que supone para su supervivencia, sino porque es el medio a través del cual el niño se relaciona por primera vez con el mundo exterior. Pero, ¿qué fue primero? ¿Qué es lo más importante de esa primera alimentación? Nos inclinamos a pensar que sin leche no hay paraíso, que lo primero es el pan, que está en el registro de la necesidad, y que solo cuando la necesidad está cubierta… ya si eso… se abrirán paso el deseo, el amor y la fantasía. Pues yo no estoy tan segura.

Les cuento:

En el siglo XIII, Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, llevó a cabo un experimento que buscaba averiguar cuál era el “idioma original” del ser humano. Pensó que la mejor manera de hacerlo sería aislar a unos bebés y no decirles ni una sola palabra, para esperar a ver en qué idioma hablaban los pequeños. Se les alimentó, se atendieron sus necesidades básicas, pero nadie les dirigió la palabra. El resultado: murieron todos los bebés.

Aquello de “no solo de pan vive el hombre” se escenificó de una manera contundente. El pan por sí solo, sin palabras, sin amor, sin fantasía, no es suficiente para alimentar a un ser humano. Además de la leche, el niño necesita la voz de la madre, su mirada enamorada y su calor.

Pero ¿cómo se toma la madre el NO del niño cuando aleja la boca del pecho o de la cuchara? La mamá va compungida al pediatra y le cuenta: “MI niño no ME come” porque esa mamá se siente a la vez artífice y alimento de su hijo (aunque el niño tenga más de 40 años). Ella prepara la comida, pero a la vez encarna el pan, se sabe amada y refrendada en su función materna cada vez que SU niño SE LA come, pero también ama, maneja y atrapa al otro a través del pan que le sirve en la mesa.

Es verdad que DAR DE COMER es un acto generoso del que solo se espera una recompensa: ¡ser comido!

Y aquí estamos rodeados de expertos en dar de comer, y de hambrientos como yo, que no cocino pero que me encanta estar al otro lado de los fogones con el plato dispuesto. ¿Quién creen ustedes que gana más en ese intercambio? Quien da de comer arranca a disfrutar desde mucho antes de llevar la comida a la mesa. Se piensa en el pan, sí. Pero se eligen los ingredientes con mimo, “esto” en este mercado, “aquello” en el otro. El cuidado que se pone en el balance de los sabores, en la combinación de los colores sobre el plato, en las texturas. ¿Tiene solo que ver con el pan? Me temo que no. Armar un menú —y eso lo saben ustedes mejor que yo— requiere mucho esfuerzo, algo de pan y toneladas de amor y fantasía.

Pero no solo comemos, cuando comemos. ¿Qué será lo que comemos cuando no comemos? Comer o no comer, he ahí la cuestión, le dijo Adán a Eva cuando ella lo sedujo con la manzana de lo prohibido. Y es que el deseo se alimenta del hambre, y nada nos excita más el apetito que lo prohibido. La gula es un pecado capital, que en otras épocas castigaba el demasiado, el exceso y que hoy nos persigue con renovado entusiasmo.

A Adán y Eva les prometieron el paraíso terrenal; a quienes conservan la virtud se les ofrece la vida eterna, y a nosotros nos venden la idea de que si no mezclamos los carbohidratos con no sé qué otra cosa, nunca nos vamos a morir, ¡y además estaremos guapísimos! Así que dejar de comer viene a ser una moneda de cambio con la que compramos salud, belleza, virtud y vida.

Les confieso que yo intento cuidarme, pero a veces pienso, ¿Y si cuando morimos y llegamos al cielo, descubrimos que aquello no era pecado, y que lo del cáncer no era por el azúcar? ¿Alguien nos devuelve el postre que dejamos en el plato? No sé yo…

El extremo del no comer lo personifica la anoréxica. La anoréxica come NADA, come NO, come control. Ante la dependencia extrema a la que se siente sometida, ante el exceso de una comida que está viva la madre—, que en su caso parece que se le atraganta y que la asfixia, la anoréxica se defiende diciendo un NO tan radical, que al mismo tiempo que la alimenta, la mata. La anoréxica renuncia completamente al pan, en nombre del amor propio y de la fantasía de control omnipotente.

En el otro extremo, la obesidad se perfila como una epidemia de nuestros tiempos. La voracidad del obeso, al contrario de lo que acabamos de ver, pone sobre la mesa el lado oscuro, animal, canibalístico, de la alimentación. El cuerpo del obeso sufre un síndrome de Diógenes, está lleno a reventar de comida basura. El obeso siempre tiene la boca llena, y con la boca llena no se habla. No hay palabras. El obeso no ha podido atravesar el destete, por eso no extraña ni echa de menos, porque siempre tiene a mano, a pedir de boca, lo que cree que necesita. El obeso no come, consume. Y pretende llenar con pan, lo que es hambre de amor y fantasía.

¿Qué come una bulímica cuando come y qué come cuando descome? Para una bulímica lo importante no es la comida, el pan solo es un vehículo con el que ella imagina que puede llenar una falta de amor. En la bulimia, la comida se vuelve a la vez imprescindible y venenosa. El pan empieza siendo un consuelo, puede ser un premio y termina siendo un castigo. La bulímica no come, se atiborra. En cada bocado come pecado y penitencia, muerde crimen y castigo. Lo devora todo, lo devuelve todo.

Instagram ha puesto de moda comer bien ¡y publicarlo! ¿Qué comemos cuando publicamos fotos en redes sociales de todo lo que comemos? Comemos mirar y ser mirados. El exhibicionismo y la curiosidad van de la mano. El que fotografía su plato suculento está dando de comer envidia y espera comer likes, pero los likes, por muy abundantes que sean, no sacian, nunca son suficientes.

Les cuento, mi madre es una gran repostera. Antes de caer en cama, solía hacer una torta navideña exquisita. En tiempos, nos reuníamos todos los hermanos y los nietos a echarle una mano: a picar nueces y dátiles, a pesar harina, a bailar gaitas mientras la casa grande se inundaba con olor a torta… Desde hace años la situación del país nos fue echando uno por uno de su lado. En Navidad, el chat de la familia se llena de fotos de cómo va la preparación en cada casa: desde Colonia, los ingredientes; de Montreal, los moldes enmantequillados; en Madrid, las tortas en el horno; en Miami, envueltas para regalar…, y el olor a torta vuela virtual—, hasta la cama de mi madre en Caracas.

Si todo va bien, este año compartiremos con mi madre, en vivo, el olor a torta que ella nos regaló y que nos ha mantenido siempre unidos.

Mi experiencia en República Dominicana el Día Internacional contra la Violencia de Género

Hace unas semanas viví una experiencia maravillosa que quiero compartir con ustedes. Fui invitada por la Vicepresidencia de la República Dominicana a participar en las actividades programadas en su país para conmemorar el Día Internacional contra la Violencia de Género. ¿Se imaginan lo que sentí cuando me lo propusieron allá por el mes de octubre?

Como mujer latinoamericana, interesada por el lugar de la mujer en el mundo, sabía perfectamente quién es Margarita Cedeño, ex primera dama y actual vicepresidenta de República Dominicana, un referente del feminismo en el continente.

¡Imposible negarme! ¡Imposible ni siquiera pensármelo dos veces! Así que organicé mi vida y mi consulta en Madrid para asistir. Participaría en dos de los eventos centrales del programa. El primero, el 26 de noviembre, una conferencia para el público en general y, al día siguiente, una jornada de formación para profesionales de la salud mental.

Enseguida me puse manos a la obra. En esas estaba, cuando tres personas me enviaron el mismo día el enlace de El mal querer, el último disco de Rosalía. “¡Tienes que escucharlo!”. “¡Esto es Mujeres malqueridas con música!”. “¡Parece que ha leído tus libros!”. Así que, por votación popular, escuché a Rosalía con atención. ¡Quedé absolutamente abducida! Fascinada con su música, con sus letras, con su interpretación. La escuchaba una y otra vez, hasta que, de pronto, se me hizo la luz y decidí que usaría el disco, paso a paso, canción a canción, “verso a verso y golpe a golpe” para la jornada de formación, porque ilustra de una manera magistral lo que ocurre en estas relaciones de maltrato en las que podemos entrar sin darnos cuenta, deslumbradas por el brillo de una ilusión.

El domingo 25 tenía mis maletas y mi entusiasmo preparados para viajar a Santo Domingo. Me esperaban nueve horas de vuelo y unas pocas, muy pocas, horas de sueño para recuperarme del jet lag y estar fresca a la mañana siguiente para el primer encuentro.

Cuando pasaron a recogerme a las 8 de la mañana Ana Simó y parte de su equipo, yo estaba lista y dispuesta. ¡Al fin conocía a Ana, la psicóloga más mediática, cercana y directa que uno se pueda imaginar! ¡Al fin conocía a Indira! Quien, con su mezcla de ángel de la guarda y hada madrina, me había cuidado durante todos los preparativos vía correo electrónico, wasap, FaceTime… De camino al evento volví a encontrarme con buganvillas de todos los colores y los verdes exuberantes del Caribe, que tanto echo de menos en Madrid. ¡Ya estaba en casa!

El auditorio Jesús María Troconis del Banco Central es imponente. Más de 500 personas nos acompañaron ese día. Las primeras dos horas hablé de Mujeres malqueridas y expliqué los beneficios de mirarse en el espejo y reírse de nosotras mismas. En la segunda parte, estuve muy bien acompañada por la doctora Ana Simó y por el doctor Miguel Gómez, ella psicóloga, él psiquiatra, ambos especialistas en terapia sexual y de pareja. Los tres aportamos nuestro granito de arena para “lograr la sociedad que queremos” donde se practique el amor del bueno. La experiencia fue muy enriquecedora y el intercambio con el público fue absolutamente provechoso.

La comida con Ana fue el marco perfecto para conocer a la mujer, más allá de la profesional, más allá del personaje conocido y adorado por el público de la República Dominicana. Allí supe que, además del encuentro profesional, había ganado a una amiga. ¡Eso no ocurre todos los días!

El encuentro con colegas, al día siguiente, fue en el auditorio La Trinitaria de la Biblioteca Infantil Juvenil de la República Dominicana. ¡Más de 100 personas! ¡No hubo sitio suficiente para todos los interesados! Tuvimos que decir muchas veces que no…, y a mí me dolió personalmente cada no.

Un poco de teoría para abrir boca, antes de entrar con Rosalía y El mal querer. Y sí, abrimos boca y nos quedamos con hambre, con ganas de seguir profundizando. Es lo que pasa cuando nos reunimos a hablar de un tema que nos plantea preguntas, retos, dificultades: ¡que no queremos parar!, que sabemos que acompañarnos a pensar es un privilegio, porque la experiencia de unos y otros nos enriquece.

Solo tengo palabras de agradecimiento para la Vicepresidencia de la República Dominicana, para Ana Simó, para el público entregado y generoso del primer día, para los colegas estimulantes e inquietos del segundo ¡y a los verdes del Caribe que me hicieron sentir en mi casa!

Os dejo algunas fotos para que pongáis imágenes a mi experiencia.

Lo importante de una amiga es que está allí

Lo importante de una amiga es que está allíNo conozco a ninguna mujer que pueda sobrellevar sola los quebrantos de un mal amor. ¿A quién recurrir? ¿Cómo resguardarse? Las opciones son múltiples. Sin embargo, me parece que las tres alternativas más solicitadas, las constituyen las amigas, los terapeutas y los oráculos.

Las amigas son las orejas perpetuas capaces de soportar el alzamiento de los comienzos felices, las venidas, las peleas y los reencuentros. Soportan los desplantes: “Si, ya sé que habíamos quedado, pero es que hoy me ha llamado.”. Y, a pesar del plantón, la mayoría de las amigas siguen ahí, paños de lágrimas que nos sujetarán cuando seamos nosotras las olvidadas, las malqueridas.

En el otro extremo está el terapeuta, que no aparecerá en escena más que en caso de necesidad. El terapeuta empieza donde las amigas ya no pueden llegar.

Y entre las amigas y el terapeuta se echa mano de todo lo demás. He designado con el término “oráculo” a todos aquellos recursos a los que se acude en busca de respuestas en momentos de angustia o de incertidumbre.

Las amigas

Por supuesto que, como mujer, he conocido de cerca la importancia de tener amigas y el papel que cumple ese vínculo único a lo largo de la vida de una persona. Pero, más allá de mi experiencia personal, desde mi lugar de terapeuta, tengo la certeza de que la amistad es un vínculo de gran valor; tanto, que cuando tengo una paciente nueva en la consulta, entre otras cosas, indago cómo se mueve en el terreno de la amistad. ¿Tiene o no tiene amigas? ¿Son amigas de toda la vida o recientes? ¿Cuenta con sus amigas para momentos difíciles? ¿Sus amigas cuentan con ellas?

Amigas testigos

En lo que amores se refiere, las amigas cumplen un ciclo más o menos previsible. Al principio son el público objetivo, ellas aplauden el prodigio y la suerte que tuvo la elegida de haberse topado con ese ser sobrenatural. Las amigas asisten a la retransmisión en directo de cada movimiento. “¡Hoy la ha mirado!” “¿Llamará o no llamará?”…

Hasta que llega el momento que ya no caben en la escena y se quedan solas haciendo un corro, ilusionadas y sin ella, porque la elegida ya no las necesita. Cuando ella está con él, las amigas sobran, y es así como tiene que ser. Pero cuando la relación empieza a ir mal, ellas son las primeras en enterarse. Escuchan las desdichas e inmediatamente, las muy ingenuas, se ponen en contra del “malo” y de parte de su amiga. Entonces la amiga se ofende porque no la entienden. No entienden que su queja no pretende poner en tela de juicio las bondades de su dios.

Cuando él regresa son las amigas las abandonadas. ¡Y hay que saber moverse en ese nuevo escenario! Porque después de la reconciliación, las amigas son testigos incómodos. Hay que evitarlas, mantenerlas alejadas para que no estropeen la imagen idílica de esa supuesta unión feliz.

Pero cuando las cosas no van bien, las amigas se convierten en el mensajero inoportuno, portador de un mensaje que no se quiere escuchar. La malquerida desaparece, se evapora, se avergüenza de haber caído por décima vez. Le da pudor incluso con las amigas más cercanas y se encierra en su búnquer de dolor.

Regresará desgraciadamente más tarde o más temprano, la amiga regresará abochornada, lastimada, malquerida, amoratada por la angustia. Vendrá buscando refugio, la madriguera de un café por la tarde, un desayuno, una copa. Entonces las amigas se convertirán en sábanas capaces de secar todo su llanto, en esparadrapos para vendar, para vengar su desconsuelo.

La amiga observadora ha escuchado la historia cien veces, con el mismo final previsible, pero la vuelve a escuchar como si fuera nueva o diferente. La amiga lo piensa, pero casi nunca dice aquello de: “Lo sabía, te lo dije, ¿qué esperabas?…”.

Da igual lo que la amiga diga o calle, lo importante es que está allí. Y esa es la función de una amiga, estar allí.

Sesión virtual sobre cómo afrontar una ruptura sentimental

Esta semana les quiero hablar de una jornada en la que voy a participar junto con más de 35 expertos, entre psicólogos, terapeutas y orientadores profesionales de varios continentes. Se titula Cumbre Virtual Supera tu Ruptura Amorosamente y se celebrará del 5 al 12 de noviembre.

El objetivo es que, a través de esta página web ( Cumbre Virtual Supera tu Ruptura ), cualquier persona que esté interesada pueda suscribirse para seguir por Internet las sesiones que vamos a realizar. En la comodidad de tu hogar, sin salir de casa; ¡son las ventajas de la tecnología, amigas!

Mi taller será difundido el primer día (5 de noviembre) y tratará sobre cómo enfrentar la ruptura: saber gestionar positivamente las emociones (rabia, tristeza, miedo, culpa) que se viven tras la separación de pareja y sanar el dolor emocional elaborando el duelo.

El acceso es gratis durante las primeras 24 horas en el día de emisión de cada conferencia. Posteriormente, si estás interesada en tener todos los contenidos de la Cumbre, tienes la posibilidad de pagar el Paquete Premium.

Si se animan, ¡les espero el próximo 5 de noviembre!

¿Por qué cuesta tanto olvidar?

¿Por qué cuesta tanto olvidar?Como cantaba Mecano, “olvidarte me cuesta tanto…”

La mayoría de los correos que recibo pertenecen a mujeres que no han podido pasar página. Como si sus dedos estuvieran adheridos al papel, presos de una suerte de rigidez post mortem, no son capaces de moverlos para que la página de ese mal amor quede atrás.

A quienes vemos la película desde fuera nos parece que vale la pena pasar página cuanto antes, pero a la interesada, el precio del olvido le parece excesivo.

Parte de la dificultad que tenemos para olvidar un mal amor se explica porque, de alguna manera, estamos modelados por lo que hemos vivido y, sobre todo, por aquellos a quienes hemos amado. Aferrarnos al recuerdo de un amor perdido es una forma de preservar una parte de nosotros mismos, más allá del deseo de regresar junto a ese hombre que nos quiso tan mal.

En ocasiones, el doliente llora y no sabe muy bien por qué llora. Algo ha perdido, pero no tiene muy claro qué fue lo que perdió. Lo cierto es que seguir enganchada y mantener vivo el recuerdo es una manera de preservar un cierto vínculo con el ausente.

Otras veces, a la pena se le suma el castigo que el sufriente se propina a sí mismo. Como si el sufrimiento del abandono o de la despedida no fuera suficiente, el doliente padece también el dolor de la humillación a la que él mismo se somete. Con la queja y el reproche hay que tener buena puntería y dirigirla en la dirección correcta. Una cosa es reconocer nuestra participación en los hechos que hemos vivido y otra muy distinta torturarnos.

También puede aparecer el famoso autorreproche (ese “Soy tonta, cómo me puede haber pasado”). Aunque una parte de nosotras sabe y reconoce que nuestro amado se ha alejado, otra parte siente y sobre todo se comporta como si él no hubiera puesto el rótulo “fin” a nuestra historia, y a cambio nosotras colocamos el cartel de “continuará”.

Cuando los psicoanalistas nos encontramos ante un duelo imposible de manejar, sospechamos que el sufriente no solo ha perdido al ser amado, sino que, además ha perdido una parte importante de sí mismo. Por eso, nos sentimos mancos, vacíos, incompletos, sin ese “pedazo del alma” que nos hemos arrancado en la despedida y que el otro se ha llevado en los bolsillos.

Y, por ello, insistimos en recordar, en rumiar los recuerdos, en repasarlos y en multiplicarlos. Mantenemos el vínculo a través del recuerdo, aunque sea imaginario, aunque sea para odiarle o para odiarnos.

¡Pero mucho cuidado, amigas! Esta actividad frenética no es un salvavidas que se hincha en un momento de necesidad y nos ayuda a salir a flote, sino la pieza más pesada del naufragio. Abrazadas a ella nos hundiremos sin remedio. Por eso, debemos cuidarnos y cargar con esos pesos el menor tiempo posible.

La gota que colma el vaso

Separarse, ni una gota másSe dice que en estas fechas, tras el periodo vacacional, hay más parejas que deciden separarse. ¿Qué ocurre para que las vacaciones sean el momento donde más personas toman la decisión de poner fin a su relación amorosa?

Seguramente la mayor convivencia, la ausencia de obligaciones diarias, el mayor tiempo libre facilitan situaciones donde surge la famosa “gota que colma el vaso”. A veces las separaciones ocurren a partir de los hechos más peregrinos o aparentemente más triviales. Una mala contestación, un retraso, una discusión intrascendente… Es lo que tienen las gotas, que parecen inofensivas pero pueden ser letales.

Lo cierto es que separarse es tan difícil que nadie lo hace porque sí, sin haberlo pensado mucho antes de dar el paso definitivo. En el caso de una separación, esa gota encubre el sufrimiento de muchos meses de incertidumbre y de cavilaciones. Una tras otra, tras otra, tras otra gota hasta que hay una sola gota, igual que las demás, que se derrama y nos hace ver que el vaso de la paciencia ya no da más de sí, que ya no hay manera de estirarlo. Entonces, parece que la decisión se toma sola, que nos viene dada, y en ese momento se declara clausurado el vaso, y alguien dice: “¡Ni una gota más!”.

Sin embargo, lo que nos diferencian a unos de otros, es el tamaño del vaso. Hay vasos que son como dedales y se desbordan a la segunda gota (relaciones independientes); otros vasos de formas irregulares, que parecen que ya no cabe más en ellos y de la noche a la mañana se tragan otras muchas gotas más (intermitentes), o los vasos anchos en los que caben millones de gotas (incondicionales).

Hay quienes parece que ni siquiera tienen vaso. Disponen de un océano infinito al que da igual las gotas que caigan. Todo lo reciben, lo aceptan y lo perdonan. Las mujeres malqueridas, las maltratadas, todas aquellas que soportan estoicamente la lluvia de desprecios y ultrajes que reciben cada día, son ejemplos de estos vasos que no se llenan nunca.

Sea como fuere, para dar una relación por terminada, la persona tiene que estar convencida de que ya no le compensa pagar el elevado precio que está abonando y que prefiere quedarse sola a mantener la situación actual. Por eso, las separaciones tardan en llegar, porque el que tiene el mando y propone separarse ha necesitado su tiempo para hacerse a la idea y para imaginar que hay vida después de la ruptura definitiva.

Y, quién sabe, parece que después del periodo vacacional tenemos las ideas más ordenadas o hemos cogido fuerzas para enfrentarnos a una nueva etapa en nuestras vidas.

Agarrarse a un clavo ardiendo, un deporte de riesgo

Agarrarse a un clavo ardiendo puede convertirse en un deporte de riesgo

No hay duda: después de una ruptura quedamos maltrechos y hacemos lo que podemos para sobrevivir y restañar nuestras heridas. Una de las salidas por las que se puede optar de manera inmediata consiste en lo que llamo “momento clavo”, que ofrece varias opciones:

  1. Un clavo saca otro clavo.
  2.  Aferrarse a un clavo ardiendo.
  3. Todo lo anterior.

Salir de copas con unos y con otros, entregarse al sexo indiscriminado, beber para no follar, follar para no sufrir, parejas efímeras, relaciones calmantes y un largo etcétera son estrategias-clavo que funcionan como postergadores del dolor.

Aunque todos podemos echar mano de los clavos, esta estrategia antidolor suele ser una actitud más masculina que femenina. Las mujeres, generalmente, necesitamos de un tiempo mayor de recogimiento antes de embarcarnos en una nueva relación. De hecho, algunas se quejan de lo rápido que un hombre puede rehacer su vida en pareja en comparación con el tiempo que tardan ellas en recomponerse.

En cualquier caso, estos “clavos”, como bien sabe el dicho, casi siempre son “clavos ardientes” en todas las acepciones del término. Se trata, por una parte, de medidas desesperadas. “Nos aferramos a un clavo ardiendo”, es decir, a lo que sea, con tal de no caer al vacío. Y, a la vez, son clavos “ardientes”, en donde suele haber mucho desenfreno y poco compromiso; mucha pasión y menos planes de futuro.

El clavo que saca otro clavo intenta —sin éxito— sacar de cuajo el verdadero protagonista que es el clavo anterior, que es el que en realidad nos está haciendo sufrir. Por eso, las relaciones-clavo suelen ser transitorias, efímeras… Aunque duren mucho tiempo.

Nadie es indispensable, nadie es sustituible

Nadie es indispensableAunque sé por experiencia que nadie es indispensable, también estoy convencida de que nadie puede sustituir a nadie. Perdemos a un novio y a los seis meses tenemos otro, vale, pero será “otro” novio. El que perdimos, con sus peculiaridades, ya no está. Perdemos un país y nos mudamos a otro; sí, y el otro nos recibe con generosidad, y estamos muy agradecidos de encontrar otro lugar, y hacemos de ese lugar nuestra casa. Pero ese nuevo país nunca podrá sustituir al propio.

Cuando alguien nos dice: “Nadie te va a querer como yo te quiero”, lo primero que pensamos es: “¡Eso espero!”, pero lo cierto es que tiene toda la razón. Nadie nos querrá como él nos quiso; nos querrá más, nos querrá menos, nos querrá mejor o peor, pero siempre nos querrá distinto. Cada quien quiere o malquiere a su manera, como cada uno se cepilla los dientes a su modo.

¡Atención! Yo no digo que en el cambio solo hayamos perdido. Alejarse de un maltratador es siempre lo mejor que te puede pasar en la vida. Pero necesitamos un tiempo hasta acostumbrarnos a vivir con el agujero que el cambio deja tras de sí y poder acogernos a sus ventajas.

Ese tiempo es el que necesitamos para el duelo, que es lento, que se toma su propio ritmo para pasar, pero que pasa. Cerrar un duelo no significa olvidar completamente al novio que abandonamos o al amante que nos dejó en la estacada, como emigrar no significa renegar del país que venimos.

Más bien al contrario, cerrar el duelo significa que podremos volver a recordar a ese novio, a ese amante, sin rencor, sin urgencia, sin temor, sin dolor… Y poder seguir viviendo sin ese novio, sin ese amante, en otro país, pero seguir viviendo.

“Si te vas, me muero”

Si te vas me muero“Si te vas, me muero” es una frase que todos los enamorados, unos más que otro, hemos pronunciado, pensado o sentido alguna vez. Cuando lo sentimos, no es un decir, no es una manera de hablar ni una metáfora; es que la angustia ante la separación nos hace batir el corazón de tal manera que, literalmente, sabemos con certeza que esa tarde nos vamos a morir.

La buena noticia es que, aunque pasemos un tiempo con esa angustia y desazón, al final nos recuperaremos o, por lo menos, el sufrimiento se mitigará. Pero, mientras tanto, viviremos un dolor desbordado, que nos oprimirá el pecho y nos impedirá respirar.

Toda esa dimensión de angustia no se puede explicar racionalmente, aunque intentaré aclararlo lo mejor que pueda. ¡Para eso está mi blog!

Para empezar, cualquier separación nos pone delante de los ojos una de las peores realidades con las que tenemos que convivir los seres humanos: la autonomía del ser amado. Es decir, nadie es dueño de nadie.

Pero no es solo eso; además perdemos muchas cosas. Su ausencia nos deja de nuevo ante el temido precipicio de la “supersoledad”; sentimos que el orden que habíamos conseguido se ha roto y literalmente se nos mueve el suelo y perdemos pie. El miedo ancestral a quedarnos solos remite a aquel momento de la infancia cuando esa situación
podía significar la diferencia entre la vida y la muerte (un bebé morirá con toda seguridad si su mamá, su papá o un adulto no está cerca de él atendiéndole.). Un miedo que en la vida adulta mantenemos sepultado en el inconsciente y que en el mejor de los casos se despierta con los cambios, con los duelos, con las separaciones.

También perdemos la función que esa persona ejercía en nuestra vida. Hay una parte de nuestra existencia que queda desatendida: ¿con quién voy a salir los fines de semana?, ¿quién va a cenar conmigo cada noche?, ¿quién escuchará mis problemas del trabajo? Y cada vez que nos topemos con uno de esos terribles agujeros que nos ha dejado el que se fue, tendremos derecho a llorar, a patalear y a asustarnos.

Esa incómoda posición nos impide vernos como lo hacen los demás. Si pudiésemos analizarnos desde fuera, podríamos apreciar que tenemos recursos; sabríamos que si pedimos ayuda, vendrá alguien a salvarnos. Confiaríamos en que después de la ruptura, nos espera otra manera de vivir, seremos más libres, más livianos y tejeremos otra red con nuevas pertenencias.

Con esta bocanada de optimismo, os emplazo a la siguiente entrega de mi blog la semana próxima.

El enamoramiento nos trastorna los sentidos

Marielita idealizaciónLa semana pasada expliqué una de las razones por las que nos cuesta poner fin a una relación que nos está haciendo sufrir: nuestra resistencia al cambio. Hoy abordaré otra razón no menos importante: la idealización de nuestra pareja.

El enamoramiento es una deliciosa enfermedad de la que nadie querría curarse. Entre otras cosas, se caracteriza por una curiosa profusión de alucinaciones. Me explico: en una conversación sosa, el enamorado escucha un verbo excelso. Ante un ser humano normalito, el enamorado mira una belleza exótica o peculiar. Le enumeración de los continuos fracasos del amado conmueve al enamorado, y le convence de la mala suerte y de la injusticia con que la vida ha tratado a su tesoro.

Como veis, el enamoramiento nos trastorna los sentidos. Nos hace fabricar a un personaje de ficción, a un ser deslumbrante a nuestra medida.

Por suerte, con el paso del tiempo, se aclara el entendimiento y empezamos a ver al ser humano real que tenemos delante. De todos modos, por mucho que reconozcamos la realidad, siempre mantenemos un resquicio de idealización que nos facilita la convivencia. Siempre estaremos dispuestos a engañarnos un poco respecto a las cualidades de quien tenemos a nuestro lado.

Lo cierto es que, cuando nos separamos, nos cuesta renunciar no solo a la persona real con la que hemos pasado parte de nuestra vida, sino también a ese aspecto idealizado, endiosado, que hemos inventado nosotros mismos y que a menudo tiene poco que ver con quien solemos compartir el desayuno.

Parte de lo que se pierde en una separación es esa inversión a fondo perdido que hicimos cuando nos enamoramos. Lloramos por el hombre verdadero que se va, pero sobre todo lloramos por el ser imaginario que nos habíamos inventado. Únicamente cuando lo vemos caer del pedestal que habíamos construido para él, lo contemplamos en toda su humanidad y descubrimos la estafa que nos hemos infligido a nosotros mismos.

¡Somos nuestro propio Lehman Brothers!, y sufrimos la debacle de nuestra economía interna particular. Nuestra inversión se ha ido al garete. Era todo producto de nuestra burbuja imaginaria. Es muy duro admitir que la única manera de tener al menos una posibilidad de salir de la ruina sea empezar por reconocerla y aceptarla.

¿Alguna vez os han dicho “si te vas, me muero”? La próxima semana lo entenderéis.

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Amor

Mariela Michelena - el amor

El amor, en cualquiera de sus formas, es el principal motivo de consulta, y es que todos sufrimos por amor: el amor de los padres por sus hijos y el de los hijos por sus padres, la competencia entre hermanos, el amor de la pareja, el desamor o el abandono, el amor propio —a veces tan escaso y a veces desbordado—, el amor al trabajo o el duelo ante la pérdida de un ser querido.

El amor nos da la vida y nos deja sin respiración. Lo mismo nos mata una tarde que nos devuelve la ilusión a la mañana siguiente. Como decía Freud, nada nos distrae más de la dureza de la vida ni nada nos deja más desprotegidos ante sus golpes que el estar enamorados.

Y así es: un psicoanalista siempre está escuchando historias de amor. No sólo del amor romántico, lo sé, pero es verdad que las penas de amor llenan nuestras consultas, porque en ellas se concentran y se actualizan todas las otras penas de amor que hemos acumulado a lo largo de la vida.

En ocasiones, el final de una relación suele marcar el comienzo de un tratamiento, ese es un motivo de consulta muy habitual. Reconstruirse después de una ruptura requiere de un trabajo psíquico profundo y a veces prolongado. Se trata de un duelo en toda regla; la vida, tal como la conocíamos, ya no es lo que era y hay que aprender de nuevo cada gesto, mientras se sanan las heridas. El tiempo por sí solo no lo cura todo.

A lo largo de mi experiencia como psicoanalista, he escuchado con interés a personas que sufren por un amor imposible, un amor perdido o un mal amor: relaciones intermitentes de ahora sí, ahora no; relaciones efímeras de usar y tirar; relaciones de maltrato encubierto —y no tan encubierto­—, relaciones triangulares, o relaciones de dependencia emocional que sólo garantizan sufrimiento. Esa escucha me ha llevado a escribir Mujeres malqueridas primero, luego Me cuesta tanto olvidarte, hasta completar la trilogía con Mujeres que lo dan todo a cambio de nada. Estos libros fueron concebidos como una manera de acercar mi experiencia como psicoanalista a un público más amplio que el que puede asistir a una consulta, y a la vez han abierto las puertas para que se acerquen miles de mujeres a través de las redes sociales a contarme sus historias, a la espera de un poco de luz sobre su caso.

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¿Cómo trabaja un@ psicoanalista?

Cuando un paciente viene por primera vez a mi consulta en Madrid, o a cualquier consulta de un psicólogo, cuenta ya con una teoría de qué es lo que le ocurre y por qué. Sabe qué es lo que le duele: generalmente se queja del desamor, de la soledad, de la incomprensión de quienes le rodean; nos relata que le tiene miedo a la vida, que sufre de inseguridad o que se ve atenazado por una especie de torpeza vital que dificulta su desempeño cotidiano, aun en los detalles más nimios de su día a día.

A la vez, de alguna manera, cada persona tiene una cierta conciencia de cuál es el aspecto de su historia que ha provocado su situación actual: tal vez su relación con un padre autoritario o invisible, con alguno de sus hermanos o con una madre muy dominante, indiferente o casi ausente. En alguna parte de su pensamiento sabe que algo de su historia infantil le ha marcado; puede que alguna enfermedad, la depresión de la madre, un hermano perdido, una cierta sensación de rechazo, las peleas entre los padres, la presencia omnipotente de una abuela o algún secreto a voces que se mantiene blindado en la familia… La lista puede ser interminable.

A decir verdad, el psicoanalista no conoce de antemano lo que le ocurre a su paciente ni lo que le conviene; por eso, necesita escucharlo. Un psicoanalista le dice a su paciente: «Cuénteme. Hábleme de lo que quiera, de lo primero que se le pase por la cabeza», porque, en ese discurso espontáneo, ambos encontrarán las claves del mundo interno de esa persona singular. Un psicoanalista no pasa pruebas, porque la verdad del paciente no es una verdad objetiva ni se puede insertar en una tabla estadística universal. Por eso, un psicoanalista escucha y lo apasionante de esta investigación que emprenden paciente y terapeuta en compañía es que cada historia es única. Ni siquiera dos hermanos han vivido una infancia similar ni han tenido la misma relación con su madre o con su padre.

La persona que consulta sabe lo que le ocurre, sabe también lo que tendría que hacer para mejorar su situación, pero muchas veces no comprende por qué no puede cambiar a voluntad o por qué insiste en cometer los mismos errores una y otra vez. Por eso, es preciso que paciente y analista trabajen conjuntamente. El paciente necesita que alguien le escuche y le devuelva sus palabras convertidas en un relato plausible de lo que le sucede. Y al profesional no le sirve de mucho su teoría, si no cuenta con las palabras y con los silencios del paciente. Como ya he dicho, la reconstrucción de esa historia infantil no depende tanto de una información detallada de los hechos, sino que se va tejiendo con los sueños, con los recuerdos, con los lapsus y con esas cosas absurdas que de pronto le vienen al paciente a la cabeza, sin saber cuándo, ni cómo, ni por qué.

El vínculo que el paciente establece con su terapeuta también es de la mayor importancia. Para empezar, gracias al apoyo y compañía que el psicoanalista le ofrece a su paciente, la persona afligida sabe que no está solo en esa investigación. Cuando el paciente descubre o recuerda algo doloroso, le alivia saber que allí está el terapeuta para acompañarlo en lo más incomprensible de su historia y que podrá volver a la siguiente sesión para entenderlo, para pensar sobre lo que ha pasado y, eventualmente, para perdonar(se) y pasar página. Por otra parte, la forma en la que el paciente se comporte con su terapeuta le dará a este una pista de cómo funciona esa persona en el mundo real y cómo se vincula con los personajes más significativos de su vida.

¿Qué justifica la labor de un psicoanalista? ¿Por qué ese camino no puede hacerse solo? Hay aspectos de la historia del paciente que, aun cuando él los ha vivido en carne propia, le resultan tan dolorosos que los ha reprimido; es decir, los ha escondido ¡incluso —y sobre todo— de sí mismo! La persona convive con su pasado como si ese pasado no existiera y, a la vez, repite ese pasado —y lo conjuga en presente— como si no hubiera otra manera de vivir. Me explico: en vez de poder poner sobre la mesa la experiencia traumática y pensar sobre ella o digerirla y dejarla descansar en el pasado, la persona que sufre representa una y otra vez el mismo papel desventajoso sin darse cuenta de su repetición.

Esta tarea de sacar a la luz lo escondido es delicada y requiere su tiempo. Hay verdades con las que es difícil convivir porque hacen daño. Así que se trata de un camino lento que no se puede transitar en línea recta y que hay que recorrer pasito a paso y en compañía de un buen profesional.