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Trece razones para enseñar a decir NO

Yo también vi Thirteen Reasons Why (Por trece razones), la serie de Netflix que cuenta la historia de una adolescente suicida que antes de morir deja grabadas las 13 razones que la condujeron a tomar esa trágica decisión. Una serie que ha generado una importante controversia y que suma tantos seguidores como detractores. Leer más

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Mis apariciones en los medios

Si quieres conocer más sobre mis trabajos como psicoanalista o sobre los libros que he publicado, te invito a ver mis apariciones en los medios de comunicación.Aparición en los medios

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Mis marielitas

Les presento a mis marielitas. Me acompañan siembre dando forma a mis reflexiones y pensamientos.

Tú también puedes utilizarlas para ilustrar tus sentimientos. #ReflexionesMarielaMichelena

QUIERO UNA MARIELITA

Mis marielitas viven conmigo: aparecen en mis libros, en mis notas, en mis diarios… Horondas y presumidas, ahora decoran tazas y camisetas con las frases de mis libros. ¡Regala o regálate la que más te guste!


Hijos

Mariela Michelena - los impares y los niñosNiños

Nos cuesta imaginar que un niño pequeño necesite de la ayuda de un psicoanalista. Lo que ocurre es que el sufrimiento psíquico no distingue de edades y puede atacarnos en cualquier momento de la vida: un bebé que no consigue conciliar el sueño o que no quiere comer; un niño aterrorizado por sus pesadillas o atenazado por sus manías; una niña que se resiste a ir al colegio o que no se despega de las faldas de su madre; una pequeña que siempre recurre a las pataletas para imponer su voluntad o resolver sus conflictos; un niño triste, abstraído, desconectado de la realidad, que vive aislado en su mundo; una niña inteligente que arrastra un fracaso escolar inexplicable, o un niño inquieto que no encuentra sosiego, incapaz de concentrarse y de jugar. Cada uno de ellos tiene alguna razón para hacer lo que hace, cada cual contará su propia historia mientras juega y todos ellos se pueden beneficiar de un tratamiento psicológico.

Cuando pensamos en un psicoanalista, nos viene la imagen de un señor con barba, muy serio, que toma notas detrás de un diván; así que no es de extrañar que nos cueste tanto imaginar que un niño pequeño pueda necesitar la ayuda de un psicoanalista. Habitualmente, cuando un psicoanalista trabaja con niños, abandona la barba, la libreta y la seriedad. Se remanga, se agacha y se coloca en cuclillas hasta alcanzar la altura del pequeño; busca mirarle directamente a los ojos y le ofrece un arsenal de juguetes para poder hablar con él en su propio idioma, en su lengua materna: el juego.

A través del juego, el niño nos va a contar qué le ocurre, lo que le preocupa o a qué le tiene tanto miedo… A veces los padres vienen con un motivo de consulta: Mi niña no duerme y no nos deja dormir. Y la niña nos cuenta a través de sus juegos que tiene miedo a que la madre se ausente, a que enferme o a que se vuelva a deprimir… y, para ella, mantener a la madre despierta es un asunto de vida o muerte. La pequeña no tiene el arsenal de palabras de los adultos, pero cuenta con su mundo interno y con su capacidad para imaginar, para representar lo que imagina y para jugar. Por ejemplo, un niño inquieto, diagnosticado de déficit de atención, entra a la consulta y pasa 45 minutos concentrado en su juego, enfrascado tal vez en una lucha cruenta entre un dinosaurio aterrador y un ternerito indefenso. Los padres no dan crédito: Él no es como estuvo aquí, nos dicen, y descubren que su hijo puede ser de otra manera, sin necesidad de medicación.

El psicoanalista de niños está preparado para traducir ese juego único —como son únicas las palabras de un paciente adulto— en un relato coherente que le explique al pequeño su sufrimiento. A partir de allí, el niño podrá poner palabras a sus sentimientos, identificarlos y, en esa medida, contener sus efectos.

A lo largo de mis años de experiencia, no sólo he atendido niños en la consulta, sino que con frecuencia he escuchado y he asesorado a padres angustiados, preocupados, que no saben cómo acercarse a sus hijos, que se ven desbordados por un pequeño dictador demandante que no está dispuesto a esperar, o padres que no entienden por qué su niño tarda tanto en hablar y le cuesta comunicarse con sus iguales.

Los casos que he atendido me han servido para reconocer la importancia del primer año de vida del bebé y la historia de sus primeros vínculos, así surgió mi primer libro, Un año para toda la vida. Del interés que muestran los pequeños por su propia sexualidad y por saber qué ocurre en la habitación de los padres o cómo se hacen los bebés surgió Saber y no saber. Curiosidad Sexual Infantil.

Adolescentes

Alguien dijo que la adolescencia es una enfermedad que se cura con el tiempo. En la mayoría de los casos, esto es cierto; en otros, esa enfermedad transitoria hace sufrir en exceso no sólo al adolescente que la padece, sino también a los padres y, en general, al entorno del adolescente.

Las causas y los síntomas de esta enfermedad los conocemos: la angustia ante los cambios bruscos que se producen en el propio cuerpo, la irrupción de las hormonas que reclaman una atención hasta ayer desconocida, las exigencias del entorno para las que las herramientas de la infancia ya no valen, el cambio en la relación con los padres cuando estos dejen de ser el modelo a seguir para convertirse en una autoridad molesta que no les deja desplegar sus alas con la libertad que desearían. La urgencia del tiempo, que se experimenta en un presente radical, sin perspectiva de futuro, les hace pensar que cada minuto su vida entera se juega a cara o cruz. Los cambios de humor inexplicables, extremos, les hacen viajar de la euforia y la felicidad más absoluta a la completa desolación. El chico o la chica, hasta ayer dócil, cariñoso y encantador, se transforma en un ser huraño, con una mala contestación siempre en la punta de la lengua.

Hoy, además, se suman las redes sociales con sus efectos aún por calibrar: la extrema exposición al escrutinio del grupo, la dependencia al like, la vulnerabilidad, el anonimato de los depredadores… En fin, que quienes atraviesan esa enfermedad transitoria que se llama adolescencia con frecuencia necesitan de un lugar seguro donde volcar sus dudas, sus angustias, sus preocupaciones. Alguien que les escuche y que contenga su impulsividad, que les permita pensar en vez de actuar; alguien que les ayude a conocerse mejor y que los prevenga de hacerse daño a sí mismos.

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Psicoanálisis

¿Cómo trabaja un@ psicoanalista?

Cuando un paciente viene por primera vez a mi consulta en Madrid, o a cualquier consulta de un psicólogo, cuenta ya con una teoría de qué es lo que le ocurre y por qué. Sabe qué es lo que le duele: generalmente se queja del desamor, de la soledad, de la incomprensión de quienes le rodean; nos relata que le tiene miedo a la vida, que sufre de inseguridad o que se ve atenazado por una especie de torpeza vital que dificulta su desempeño cotidiano, aun en los detalles más nimios de su día a día.

A la vez, de alguna manera, cada persona tiene una cierta conciencia de cuál es el aspecto de su historia que ha provocado su situación actual: tal vez su relación con un padre autoritario o invisible, con alguno de sus hermanos o con una madre muy dominante, indiferente o casi ausente. En alguna parte de su pensamiento sabe que algo de su historia infantil le ha marcado; puede que alguna enfermedad, la depresión de la madre, un hermano perdido, una cierta sensación de rechazo, las peleas entre los padres, la presencia omnipotente de una abuela o algún secreto a voces que se mantiene blindado en la familia… La lista puede ser interminable.

A decir verdad, el psicoanalista no conoce de antemano lo que le ocurre a su paciente ni lo que le conviene; por eso, necesita escucharlo. Un psicoanalista le dice a su paciente: «Cuénteme. Hábleme de lo que quiera, de lo primero que se le pase por la cabeza», porque, en ese discurso espontáneo, ambos encontrarán las claves del mundo interno de esa persona singular. Un psicoanalista no pasa pruebas, porque la verdad del paciente no es una verdad objetiva ni se puede insertar en una tabla estadística universal. Por eso, un psicoanalista escucha y lo apasionante de esta investigación que emprenden paciente y terapeuta en compañía es que cada historia es única. Ni siquiera dos hermanos han vivido una infancia similar ni han tenido la misma relación con su madre o con su padre.

La persona que consulta sabe lo que le ocurre, sabe también lo que tendría que hacer para mejorar su situación, pero muchas veces no comprende por qué no puede cambiar a voluntad o por qué insiste en cometer los mismos errores una y otra vez. Por eso, es preciso que paciente y analista trabajen conjuntamente. El paciente necesita que alguien le escuche y le devuelva sus palabras convertidas en un relato plausible de lo que le sucede. Y al profesional no le sirve de mucho su teoría, si no cuenta con las palabras y con los silencios del paciente. Como ya he dicho, la reconstrucción de esa historia infantil no depende tanto de una información detallada de los hechos, sino que se va tejiendo con los sueños, con los recuerdos, con los lapsus y con esas cosas absurdas que de pronto le vienen al paciente a la cabeza, sin saber cuándo, ni cómo, ni por qué.

El vínculo que el paciente establece con su terapeuta también es de la mayor importancia. Para empezar, gracias al apoyo y compañía que el psicoanalista le ofrece a su paciente, la persona afligida sabe que no está solo en esa investigación. Cuando el paciente descubre o recuerda algo doloroso, le alivia saber que allí está el terapeuta para acompañarlo en lo más incomprensible de su historia y que podrá volver a la siguiente sesión para entenderlo, para pensar sobre lo que ha pasado y, eventualmente, para perdonar(se) y pasar página. Por otra parte, la forma en la que el paciente se comporte con su terapeuta le dará a este una pista de cómo funciona esa persona en el mundo real y cómo se vincula con los personajes más significativos de su vida.

¿Qué justifica la labor de un psicoanalista? ¿Por qué ese camino no puede hacerse solo? Hay aspectos de la historia del paciente que, aun cuando él los ha vivido en carne propia, le resultan tan dolorosos que los ha reprimido; es decir, los ha escondido ¡incluso —y sobre todo— de sí mismo! La persona convive con su pasado como si ese pasado no existiera y, a la vez, repite ese pasado —y lo conjuga en presente— como si no hubiera otra manera de vivir. Me explico: en vez de poder poner sobre la mesa la experiencia traumática y pensar sobre ella o digerirla y dejarla descansar en el pasado, la persona que sufre representa una y otra vez el mismo papel desventajoso sin darse cuenta de su repetición.

Esta tarea de sacar a la luz lo escondido es delicada y requiere su tiempo. Hay verdades con las que es difícil convivir porque hacen daño. Así que se trata de un camino lento que no se puede transitar en línea recta y que hay que recorrer pasito a paso y en compañía de un buen profesional.