“Si te vas, me muero”

Si te vas me muero“Si te vas, me muero” es una frase que todos los enamorados, unos más que otro, hemos pronunciado, pensado o sentido alguna vez. Cuando lo sentimos, no es un decir, no es una manera de hablar ni una metáfora; es que la angustia ante la separación nos hace batir el corazón de tal manera que, literalmente, sabemos con certeza que esa tarde nos vamos a morir.

La buena noticia es que, aunque pasemos un tiempo con esa angustia y desazón, al final nos recuperaremos o, por lo menos, el sufrimiento se mitigará. Pero, mientras tanto, viviremos un dolor desbordado, que nos oprimirá el pecho y nos impedirá respirar.

Toda esa dimensión de angustia no se puede explicar racionalmente, aunque intentaré aclararlo lo mejor que pueda. ¡Para eso está mi blog!

Para empezar, cualquier separación nos pone delante de los ojos una de las peores realidades con las que tenemos que convivir los seres humanos: la autonomía del ser amado. Es decir, nadie es dueño de nadie.

Pero no es solo eso; además perdemos muchas cosas. Su ausencia nos deja de nuevo ante el temido precipicio de la “supersoledad”; sentimos que el orden que habíamos conseguido se ha roto y literalmente se nos mueve el suelo y perdemos pie. El miedo ancestral a quedarnos solos remite a aquel momento de la infancia cuando esa situación
podía significar la diferencia entre la vida y la muerte (un bebé morirá con toda seguridad si su mamá, su papá o un adulto no está cerca de él atendiéndole.). Un miedo que en la vida adulta mantenemos sepultado en el inconsciente y que en el mejor de los casos se despierta con los cambios, con los duelos, con las separaciones.

También perdemos la función que esa persona ejercía en nuestra vida. Hay una parte de nuestra existencia que queda desatendida: ¿con quién voy a salir los fines de semana?, ¿quién va a cenar conmigo cada noche?, ¿quién escuchará mis problemas del trabajo? Y cada vez que nos topemos con uno de esos terribles agujeros que nos ha dejado el que se fue, tendremos derecho a llorar, a patalear y a asustarnos.

Esa incómoda posición nos impide vernos como lo hacen los demás. Si pudiésemos analizarnos desde fuera, podríamos apreciar que tenemos recursos; sabríamos que si pedimos ayuda, vendrá alguien a salvarnos. Confiaríamos en que después de la ruptura, nos espera otra manera de vivir, seremos más libres, más livianos y tejeremos otra red con nuevas pertenencias.

Con esta bocanada de optimismo, os emplazo a la siguiente entrega de mi blog la semana próxima.

1 comentario
  1. María
    María Dice:

    Es exactamente así!!!! No se puede describir mejor. Y cuando la gente de fuera no entiende que literalmente te estás muriendo psicológica y emocionalmente, y te dicen que no te reconocen, con lo que tú eres como puedes estar así, te machacan doblemente, porque tú lo único que necesitas es alguien que te abrace y te diga: “Sé como te sientes. Tienes todo el derecho a estar destrozad@. Pero te garantizo que esto pasará. Ahora llora tu pena y permítete todo el dolor”. Hace tres años pasé por ahí y en ese momento piensas que jamás podrás estar bien. Todo eso es normal y no es signo de debilidad, sino de que somos humanos. Gracias por expresarlo tan bien.

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