Mariela Michelena - los impares y los niñosNiños

Nos cuesta imaginar que un niño pequeño necesite de la ayuda de un psicoanalista. Lo que ocurre es que el sufrimiento psíquico no distingue de edades y puede atacarnos en cualquier momento de la vida: un bebé que no consigue conciliar el sueño o que no quiere comer; un niño aterrorizado por sus pesadillas o atenazado por sus manías; una niña que se resiste a ir al colegio o que no se despega de las faldas de su madre; una pequeña que siempre recurre a las pataletas para imponer su voluntad o resolver sus conflictos; un niño triste, abstraído, desconectado de la realidad, que vive aislado en su mundo; una niña inteligente que arrastra un fracaso escolar inexplicable, o un niño inquieto que no encuentra sosiego, incapaz de concentrarse y de jugar. Cada uno de ellos tiene alguna razón para hacer lo que hace, cada cual contará su propia historia mientras juega y todos ellos se pueden beneficiar de un tratamiento psicológico.

Cuando pensamos en un psicoanalista, nos viene la imagen de un señor con barba, muy serio, que toma notas detrás de un diván; así que no es de extrañar que nos cueste tanto imaginar que un niño pequeño pueda necesitar la ayuda de un psicoanalista. Habitualmente, cuando un psicoanalista trabaja con niños, abandona la barba, la libreta y la seriedad. Se remanga, se agacha y se coloca en cuclillas hasta alcanzar la altura del pequeño; busca mirarle directamente a los ojos y le ofrece un arsenal de juguetes para poder hablar con él en su propio idioma, en su lengua materna: el juego.

A través del juego, el niño nos va a contar qué le ocurre, lo que le preocupa o a qué le tiene tanto miedo… A veces los padres vienen con un motivo de consulta: Mi niña no duerme y no nos deja dormir. Y la niña nos cuenta a través de sus juegos que tiene miedo a que la madre se ausente, a que enferme o a que se vuelva a deprimir… y, para ella, mantener a la madre despierta es un asunto de vida o muerte. La pequeña no tiene el arsenal de palabras de los adultos, pero cuenta con su mundo interno y con su capacidad para imaginar, para representar lo que imagina y para jugar. Por ejemplo, un niño inquieto, diagnosticado de déficit de atención, entra a la consulta y pasa 45 minutos concentrado en su juego, enfrascado tal vez en una lucha cruenta entre un dinosaurio aterrador y un ternerito indefenso. Los padres no dan crédito: Él no es como estuvo aquí, nos dicen, y descubren que su hijo puede ser de otra manera, sin necesidad de medicación.

El psicoanalista de niños está preparado para traducir ese juego único —como son únicas las palabras de un paciente adulto— en un relato coherente que le explique al pequeño su sufrimiento. A partir de allí, el niño podrá poner palabras a sus sentimientos, identificarlos y, en esa medida, contener sus efectos.

A lo largo de mis años de experiencia, no sólo he atendido niños en la consulta, sino que con frecuencia he escuchado y he asesorado a padres angustiados, preocupados, que no saben cómo acercarse a sus hijos, que se ven desbordados por un pequeño dictador demandante que no está dispuesto a esperar, o padres que no entienden por qué su niño tarda tanto en hablar y le cuesta comunicarse con sus iguales.

Los casos que he atendido me han servido para reconocer la importancia del primer año de vida del bebé y la historia de sus primeros vínculos, así surgió mi primer libro, Un año para toda la vida. Del interés que muestran los pequeños por su propia sexualidad y por saber qué ocurre en la habitación de los padres o cómo se hacen los bebés surgió Saber y no saber. Curiosidad Sexual Infantil.

Adolescentes

Alguien dijo que la adolescencia es una enfermedad que se cura con el tiempo. En la mayoría de los casos, esto es cierto; en otros, esa enfermedad transitoria hace sufrir en exceso no sólo al adolescente que la padece, sino también a los padres y, en general, al entorno del adolescente.

Las causas y los síntomas de esta enfermedad los conocemos: la angustia ante los cambios bruscos que se producen en el propio cuerpo, la irrupción de las hormonas que reclaman una atención hasta ayer desconocida, las exigencias del entorno para las que las herramientas de la infancia ya no valen, el cambio en la relación con los padres cuando estos dejen de ser el modelo a seguir para convertirse en una autoridad molesta que no les deja desplegar sus alas con la libertad que desearían. La urgencia del tiempo, que se experimenta en un presente radical, sin perspectiva de futuro, les hace pensar que cada minuto su vida entera se juega a cara o cruz. Los cambios de humor inexplicables, extremos, les hacen viajar de la euforia y la felicidad más absoluta a la completa desolación. El chico o la chica, hasta ayer dócil, cariñoso y encantador, se transforma en un ser huraño, con una mala contestación siempre en la punta de la lengua.

Hoy, además, se suman las redes sociales con sus efectos aún por calibrar: la extrema exposición al escrutinio del grupo, la dependencia al like, la vulnerabilidad, el anonimato de los depredadores… En fin, que quienes atraviesan esa enfermedad transitoria que se llama adolescencia con frecuencia necesitan de un lugar seguro donde volcar sus dudas, sus angustias, sus preocupaciones. Alguien que les escuche y que contenga su impulsividad, que les permita pensar en vez de actuar; alguien que les ayude a conocerse mejor y que los prevenga de hacerse daño a sí mismos.

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