«Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda»

Mariela Michelena - el amorDespués de este diagnóstico tan exótico, tan escandaloso y tan desmedido, lo único que quiero es entrar en el quirófano para que me liberen de estos huéspedes indeseados que ni siquiera son parientes entre sí.

La espera es eterna. Ahora dependo de que se abra un agujero de al menos cuatro horas en un quirófano, y esto en la sanidad pública no es cosa fácil. La operación ya no puede ser en noviembre, como estaba previsto, porque acaba de empezar diciembre y todavía no tengo fecha. Acompaño la espera gracias a esos palillos, a esas amigas y a las contadas alegrías de la vida cotidiana que me mantienen a flote.

Ahora los palillos toman la forma de cómo llenar bien esa maleta. Me ocupo en pensar qué será lo más adecuado para la ocasión. Odio las batas, odio, por descontado, los camisones irrisorios que reparte el hospital, que dejan a los pacientes, literalmente, con el culo al aire. Nada de camisones con blondas, de ésos que colecciona mi mamá en sus cajones para cuando se enferme y que, gracias a su salud de hierro, están sin estrenar. Ésos harían imposible a los médicos y a las enfermeras revisar el estado de las cicatrices.

Lo mejor serán unos pijamas. En su punto justo, ni demasiado despejados ni demasiado calurosos. De algodón 100 % para que no raspen ni hagan sudar y abotonados por delante para facilitar el striptease de cada mañana.

Después de una búsqueda concienzuda los encontramos. No será ese negro, de seda natural, tan bonito, de La Perla. No le espera a mi cuerpo una celebración lujuriosa. Una cosa es jugar a los palillos que flotan y, otra, hacer caso omiso del huracán que amenaza mi vida en estos días. No estoy ni para bromas ni para fastos. A veces puedo jugar, a veces no.

Encontramos los pijamas exactos, de un algodón firme pero amable, y compré tres: uno rosa, uno azul pálido y otro azul oscuro. A rayas los tres. Dice Fernando que durante esos días de hospital me convertiré en «la niña del pijama de rayas», y así será. Ya están lavados y planchados al fondo de mi diminuta maleta de enferma. Los acompaña un libro, La elegancia de/ erizo, que me recomendó Sara, mi librera de cabecera, que ha sobrevivido a dos cánceres distintos y que sabe bien lo que hay que leer en estas ocasiones. También está este cuaderno en el que escribo, por si puedo escribir. Dos rotuladores, el secador de pelo, el neceser de siempre, el mismo de viajar a Nueva York o a París, el de las cremas para cada rincón de mi cuerpo, el de los aceites, las fragancias, los maquillajes y los cepillos de dientes y de pelo. Y por último, el poema de Santa Teresa que reza:

«Nada te turbe
nada te espante
todo se pasa, 
Dios no se muda.»

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