La parentalidad del siglo XXI

Parentalidad
Hoy hablamos de la parentalidad en el siglo XXI: eso supone que los padres de hoy son distintos a los padres del siglo XV y a los del XVII. Los padres, puede que sí, los niños, los bebés, son los mismos…

Veamos cómo han cambiado los padres a lo largo de la historia. Citaremos el trabajo de Lloyd de Mause (1931), psicoanalista norteamericano que creó una nueva disciplina conocida como psicohistoria. Mientras la historia convencional estudia las grandes batallas, la psicohistoria estudia cómo cada generación de padres e hijos crea los problemas que después se plantearán en la vida pública. Dirá Mause: “La historia de la infancia es la historia de la forma en la que los padres han tratado a sus hijos. (…) Es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco. Mientras más retrocedemos en el pasado, más expuestos estaban los niños a la muerte violenta, al maltrato, al abandono, al terror y a los abusos sexuales.”

Relaciones paternofiliales a través de la historia

En el pasado ni siquiera se contemplaba el concepto de niñez.
1.- Infanticidio. Hasta el siglo IV, el infanticidio era una práctica habitual. El personaje de Medea (de la mitología griega) es el extremo de ese horror. Ella no distinguió entre sus hijos, los mató a todos. Pero ya desde entonces había diferencias. Un heleno escribía a su mujer en el siglo I a. C.: “Si el niño que esperas es un niño, déjalo vivir. Si es una niña, deshazte de ella.” No sabemos si fue niña o niño, pero aquel bebé era (o hubiera sido) un niño cualquiera…
2.- Abandono. Entre los siglos IV y XIII, al mismo niño que antes se mataba sin ningún pudor, ahora se le abandonaba; una forma de asesinato más discreto, encubierto. Al niño se les dejaba a la intemperie, expuesto. Si sobrevivía, se le llamaba “expósito”.
3.- Ambivalencia. Entre los siglos XIV y XVIII, cobra importancia lo que los padres hacen con su hijo: la educación, y el efecto que tendrá en el futuro, ocupa el centro de la escena.
Por una parte, están quienes aseguran que el niño es un pequeño monstruo, un animal perverso al que hay que domesticar y redimir mediante una férrea disciplina. Por otra, Rousseau defiende la pureza de la infancia; es el primer pensador que se centra en el niño, a quien considera un alma cándida de la que los adultos tenemos mucho que aprender. Propone que la educación sea obligatoria y que incluya a la mujer.
El caso es que unos y otros no terminaban de ponerse de acuerdo, aunque el niño que tenían entre manos seguía siendo el mismo.
4.- Intrusión. En el siglo XVIII, se da importancia a la salud y aparece la pediatría como especialidad médica. ¡Los niños tiene cuerpos y esos cuerpos muestran peculiaridades! Por primera vez en la historia, desciende la mortalidad infantil. Y mientras tanto, el niño sigue siendo el mismo.
5.- Socialización. A partir del siglo XIX, crece la conciencia social. Al niño hay que adaptarlo a la sociedad.
6.- Ayuda. Desde mediados del siglo XX hasta ahora, vivimos en la época de mayor complejidad. La certeza del efecto que tienen los primeros años de vida en el desarrollo posterior de ese niño convierte el vínculo entre padres e hijos en objeto de observación. Los padres empatizan con el niño y ahora se esfuerzan por satisfacer sus necesidades.

A partir de entonces, la historia se plaga de expertos en la infancia. Nuestro niño merece toda nuestra atención. El primer hito lo encarna el doctor Spock, pediatra americano que recomendaba escuchar al niño, atender sus requerimientos. Escribió el libro más vendido después de la Biblia.

Han seguido otras modas. Se me ocurren unas cuantas que conocemos en nuestros días. El método Stevil, que nos dice: “Su niño debe dormir solo, déjelo llorar todo lo que haga falta”. En el otro extremo, los defensores del colecho: “Su niño debe dormir pegado a usted hasta que vaya a la mili…” ¡Y como ya no hay mili! Y, mientras tanto, el bebé, que sigue siendo el mismo, se siente dueño del cuerpo de la madre.

Otro ejemplo es la silla de pensar, que convierte el pensamiento en un castigo. Parece que solo se piensa si uno ha hecho algo malo. Se identifica el pensamiento con la culpa y no con la elaboración. Se puede hacer lo mismo, sentarlo y decirle: “Hasta que no te tranquilices, no vuelves con el resto del grupo”. El caso es que nuestro niño, el mismo al que matamos en los comienzos, al que dejamos llorar hasta el agotamiento o no permitimos que llore en absoluto, se levanta pacientemente de la silla y ahora acude a una asamblea democrática familiar para negociar con sus padres los decibelios de sus pataletas.

Ahora se está llevando mucho el TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad). Así que nuestro niño inquieto, que apenas puede ver a sus padres porque ambos tienen que trabajar y vuelven agotados a casa, va y se toma la pastillita de estarse quieto y de no molestar a la maestra. Pasamos de la democratización de la educación a la medicalización de la infancia. Y el niño, que es el mismo, está casi tan desconcertado como sus padres, como sus maestros.

Parece que cada generación se revuelve en contra de la generación precedente, como una manera de enmendarles la plana a los propios padres que, por definición, lo hicieron mal. Y en nuestro siglo XXI, tan hiperconectado y tan vertiginoso, las generaciones duran apenas unos cuantos meses, conviven teorías contrapuestas, hay foros y chats de padres, y proliferan los expertos. Estamos sumidos en la cultura del tutorial: todo está pautado, hay un influencer dispuesto a pontificar y a dar el consejo exacto para cada cosa que hacemos a lo largo del día.

Cuando preparaba lo que iba a decir hoy, pensaba en dar mi opinión respecto a cada una de estas fórmulas. Venía dispuesta a contarles la verdad verdadera. Afilaba mis opiniones cuando recordé algo que me ocurrió cuando publiqué Un año para toda la vida. Una noche la angustia no me dejaba dormir.

Mi marido se despertó a mi lado:
—¿Qué te pasa?
—Es que estoy muy preocupada, yo no soy madre, ¿cómo me atrevo a decir cómo hay que cuidar de un bebé? ¿Y si, por mi culpa, surge una generación de tarados?
—No te preocupes bonita, que tampoco se ha vendido tanto…
¡Me di la vuelta muy aliviada y dormí toda la noche!

Entonces pensé que hoy no iba a dar consejos. Lo mejor que podemos hacer es intentar que estas teorías, modas, mandatos, interfieran lo menos posible en la relación madre-bebé. Permitir que la madre confíe en su experiencia, en su intuición; lo hará bien, en todo caso, cometerá sus propios errores, como todos… A cambio de consejos, les propongo que hablemos de quién es ese niño, el mismo niño eterno que hemos visto a lo largo de esta historia y quién es su mamá.

Vamos a hablar de cosas cotidianas, de esas cosas simples, importantísimas, que ocurren entre cualquier madre normal de toda la vida y su bebé. Sin artificios, sin normas, sin teorías.

Imaginemos una escena: una madre con su bebé en brazos. El bebé llora, ella le dice: “Tú lo que tienes es hambre, porque hoy nos hemos retrasado”. Él se calma, ella lo mira embelesada, él la mira embelesado y se queda dormido. Ahora vamos a desmenuzar la escena.

Ser cogido en brazos no es un capricho, es un derecho del bebé y, por suerte, un deseo irrefrenable de la madre. Una labor de altísima especialización que cualquier mamá normal realiza sin darse cuenta. El nacimiento supone una especie de lanzamiento al espacio sideral y el bebé tiene miedo de sucumbir en el abismo. Necesita corroborar que hay red, que allí hay unos brazos para sostenerlo. La sensación de estar sujeto, le dará un punto de apoyo interno. De allí en adelante, podrá confiar en que hay tierra firme, y en esa tierra firme podrá desarrollarse.

El bebé necesita ser cogido en brazos no sólo físicamente. La madre tiene que pensar en él y, en ocasiones, también pensar por él. Adivinar qué es lo que le pide cuando llora, qué necesita, qué quiere… Esto lo consigue la madre gracias a su identificación con el bebé. Ella se siente tan frágil como él, está tan desvalida como él, porque entre las hormonas y la intensa experiencia emocional, ella misma se ha convertido en un bebé que tiene ganas de llorar o de reír sin motivo aparente. Ella lo entiende. Están en sintonía. Hablan el mismo idioma.

Con esa frase tan simple (“Tú lo que tienes es hambre, porque hoy se nos ha hecho tarde”), la madre está realizando un prodigio. Le está diciendo: “Te pasa algo, yo sé qué es y estoy aquí para solucionarlo”. Le acaba de inventar una pequeña historia con planteamiento, nudo y desenlace que, en adelante, será el hilo conductor de la experiencia incipiente del bebé. Le acaba de transmitir una lógica a su vivencia en la que puede confiar. ¡Aunque nuestro niño no estuviera llorando por hambre!

Y es que el bebé necesita escuchar la voz de la madre. Para él todo es nuevo, todo es desconocido. Pocas cosas le resultan familiares, una de ellas es esa voz, el olor de ese cuerpo, el ritmo de sus latidos… A través de su voz, de sus palabras, la madre establece un vínculo con el bebé. No solo entre ella y su hijo, sino algo mucho más importante para la vida: el vínculo del bebé consigo mismo, el vínculo del bebé con su propia experiencia.

Luego se miran el uno al otro embelesados. La primera noticia que tendrá el niño de sí mismo será lo que vea en la mirada de la madre cuando lo contempla. Esa mirada es su primer espejo. Esa mirada enamorada de la madre le dice al niño que él vale la pena. Que, aunque no la haya dejado dormir, su sonrisa cautivadora funciona y él merece ser amado.

En los comienzos, la dependencia del bebé es absoluta. Necesita de un adulto capaz de olvidarse de sí mismo para pensar exclusivamente en él y centrarse en su supervivencia. Con esa entrega, la madre (o quien quiera que cuide de él) le hace creer que él, por sí mismo, puede con todo. Es así como ese cachorro humano —el ser más dependiente de la tierra— psicológicamente se siente el más independiente y toma el mando de la casa. Duerme y deja dormir cuando a él le parece, llora a horas intempestivas, mama o no mama, come con entusiasmo o con desgana, se enfada, chilla, vuelve a dormir…

Y es que nuestro niño trae de serie un carácter propio, es muy suyo, sabe lo que le gusta y lo que no, ha heredado al azar algo del padre, algo de la madre, algo de la suegra o de un tío lejano… Esta mezcla de dependencia absoluta e independencia es una paradoja difícil de entender y de asumir para la madre, que terminará por aceptar a su hijo tal cual es, en su peculiaridad, en su diferencia, porque está enamorada, y su bebé sonríe y huele bien. Unos padres no producen a su bebé como un artista que modela la arcilla. El bebé ha empezado su propio proceso de desarrollo en el cuerpo de la madre, en sus brazos, de manera que son los padres quienes dependen de las tendencias heredadas del bebé. Tendrán que conocerlo y procurarle el mejor entorno emocional posible para que desarrolle sus capacidades.

Con el tiempo, el bebé va adquiriendo destrezas psíquicas. Ahora, que ya no es tan dependiente, puede reconocer ¡cuán dependiente es! La ilusión que su madre había tejido en torno a él, como todas las ilusiones, empieza a hacer aguas, se desvanece y da paso a la cruda realidad: mamá a veces está, y a veces no… Ahora que se sabe dependiente, si ella se aleja, él se aterra. Esta desilusión progresiva es tan importante como lo fue en su momento la ilusión. La vida es como es, y no como nos gustaría. Y a esa realidad es a la que el niño tendrá que hacer frente en la vida. Marcar límites y decir no es otra manera de decir te quiero.

En definitiva, cada una de esas teorías mira el mundo del niño desde una perspectiva diferente, y a todos los que vinimos hoy aquí nos preocupa conocer a nuestros hijos y tratarlos de la mejor manera. Eso es una garantía. Lo haremos lo mejor que podamos aunque nos hartemos de cometer errores.

Para terminar, decirles que Un año para toda la vida se ha vendido más de lo que aquella noche imaginamos mi marido y yo. Gracias a eso estoy aquí esta tarde. En mi defensa, puedo decir que en sus más de 200 páginas solo doy un consejo, en el que me reitero: “Suelte este libro y vaya a jugar con su bebé”.

Extracto de la conferencia impartida por Mariela Michelena en las II Jornadas de la Fundación Esfera “Parentalidad en el Siglo XXI”, Madrid, 12 de mayo de 2018 (organizadas por la Fundación Esfera, Psiquia y Argensola Centro).

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2 comentarios
  1. Mª Aurora Guardia Martín
    Mª Aurora Guardia Martín Dice:

    Mariela, me encanta….Eres una de esas maravillosas maestras de mi vida…un día hace ya muchos años de esto ,mi analista me dijo..»busque usted mujeres a las que admire por alguna razón, podrá redescubrirse en ellas si lo desea»…Y en ello ando.
    Como compartimos, ese trabajo artesano tan maravilloso que es la terapia profunda, quiero darte las gracias por tanto.
    Te sigo, te leo y hasta me premiaste con una tacita ,que aún no he recibido. Deseo tenerla para llevarla a mi consulta y tomar mis infusiones en mis mañanas y tardes de trabajo.

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    • Mariela Michelena
      Mariela Michelena Dice:

      Querida María Aurora, ¡qué comentario tan cariñoso y qué responsabilidad que me consideres un referente! Gracias. ¡Tu taza debe estar al llegar!, así que espero que nos regales una foto con infusión matutina incluida. Un fuerte abrazo colega.

      Responder

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