La idealización de la pareja

Mariela Michelena - el enamorientoEl enamoramiento – ise ha dicho tantas veces! – es una deliciosa enfermedad de la que nadie querría curarse. Entre otras cosas, se caracteriza por una curiosa profusión de alucinaciones. Ante tanta grandeza corremos el riesgo de sentirnos insignificantes.Cuando nos separamos, nos cuesta renunciar no solo a la persona real con la que hemos pasado parte de nuestra vida, sino también a ese aspecto idealizado, endiosado que hemos inventado nosotros.

El enamoramiento – ise ha dicho tantas veces! – es una deliciosa enfermedad de la que nadie querría curarse.

Entre otras cosas, se caracteriza por una curiosa profusión de alucinaciones. Me explico: en una conversación sosa o normalita, el enamorado escucha un verbo excelso.
Ante un ser humano de aspecto más bien corriente, el enamorado admira una belleza exótica o peculiar. El relato de una vida caótica se convierte para el enamorado en la prueba de que está en presencia de un espíritu libre y sin ataduras. En una existencia temiblemente convencional, el enamorado reconoce a una persona segura de sí misma y de firmes convicciones. La enumeración de los repetidos fracasos del amado conmueve al enamorado y le convence de la mala suerte y de la injusticia con la que la vida ha tratado a su tesoro. El enamoramiento es así nos trastorna los sentidos; nos hace generosos y regalamos virtudes a manos llenas, decoramos al otro por aquí y por allá hasta convertirlo en un ser excepcional
¡Tenemos tanta suerte de habernos topado con él. ! i Tenemos tanta suerte de que nos mire…!
A fin de cuentas, para el enamorado, lo de menos es la persona verdadera que tiene delante. « ¿Cómo? se preguntarán algunos ¿Cómo que es lo de menos? ¡Si la otra persona es «lo de más»! ¡Pero sino puede pensar en otra cosa!! iSi todo el día está hablando de él!». Lo sé, a primera vista parece que no hay nada ni nadie más
Importante que ese ser; pero si nos acercamos y observamos la trama con detenimiento, descubrimos que en realidad no se trata de «ese» ser. «Ese» ser el verdadero, el de carne y hueso, no pinta casi nada en esta historia. 
Se trata de «otro» ser. « ¿De otro? ¿De cuál? ¿De quién?», preguntarán. Pues de un personaje de ficción de un ser deslumbrante que el enamorado ha fabricado a su medida.
Por suerte, con el paso del tiempo, se aclara el entendimiento y la mirada puede posarse sobre el ser humano real que tenemos delante. En el mejor de los casos, la realidad aparece paulatinamente y, poco a poco, nos hacemos con sus defectos y disfrutamos de sus méritos. Poco a poco, diferenciamos nuestra Invención de la realidad. «Ni él es tan maravilloso, ni yo soy tan poquita cosa». Da pena… ¡era tan emocionante cuando era perfecto! Pero en el fondo es más descansado estar con un ser humano que con un dios.
De todos modos, por mucho que reconozcamos la realidad, siempre mantenemos un resquicio de idealización que nos facilita la convivencia. Siempre estaremos dispuestos a engañarnos un poco respecto a las cualidades de quién tenemos a nuestro lado.
Idealizar al otro es un arma de doble filo. Por una parte, engrandeciendo al otro nos inflamos nosotros también: « ¡Algo bueno tendré yo para que este señor asombroso se fije en mí!)». Pero a la vez lo hacemos tan inmenso, que nosotros terminamos sintiéndonos muy pequeños, porque las cualidades con las que adornamos al otro las hemos sacado de nuestro bolso, a costa de nuestro amor propio, por así decir y le hemos dado tanto, que nuestro bolso se queda casi vacío. «¿Qué puede haber visto en mí? ¡Si yo no valgo la pena! ». Ante tanta grandeza corremos el riesgo de sentirnos insignificantes. Además, es probable que nuestro Idealizado se crea tan maravilloso como nosotras lo vemos y se hinche de altivez y superioridad, y será más probable cuanto más infantil y malcriado sea en el ámbito privado e íntimo. Total ¡si su madre siempre lo ha visto perfecto!; nosotras no hemos hecho más que reconocer esa perfección en la que él y su madre siempre han confiado.

Lo cierto es que, cuando nos separamos, nos cuesta renunciar no solo a la persona real con la que hemos pasado parte de nuestra vida, sino también a ese aspecto idealizado, endiosado que hemos inventado nosotros.

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