iSoy la más masoquista!

Mariela Michelena - psicoanálisis masoquismoUna lectora me contaba cuánto le costaba bajarse de ese “podio de masoquista al que se había subido sin darse cuenta”. La imagen del podio de masoquista es muy ingeniosa Y trae a colación un tema tan importante como difícil de entender y de explicar. Vamos a desgranarlo paso a paso..

Empecemos por el podio. Un podio es ese lugar que ocupa un deportista que ha logrado una gran gesta. Es un lugar de privilegio del que no solo se siente orgulloso el interesado, sino sus amigos, sus familiares y todo un país que vibra y se emociona cuando escucha el himno nacional que acompaña al ganador. Si estamos todos de acuerdo en que es un espacio de celebración, Y yo me pregunto: ¿qué sentido tendría subirse a un podio de masoquista en el que lo único que se puede celebrar es el sufrimiento? ¿En qué prueba perversa ha participado una mujer que gana semejante galardón? Quién podría enorgullecerse de decir: “¡Yo soy la más masoquista! iLa que tiene mayor capacidad de sufrimiento! iLa que aguanta más golpes!”?

En la famosa trilogía de E. L. James, Cincuenta sombras de Grey, sus protagonistas Anastasia Steele y Christian Grey representan el prototipo de estas relaciones sadomasoquistas; eso sí, edulcorado y bien presentado, a modo de cuento de hadas para adultas. Antes de comenzar la relación, Christian le exige a Anastasia que firme un contrato que él ha redactado y que dice de forma textual: «La Sumisa obedecerá inmediatamente todas las instrucciones del Amo, sin dudar, sin reservas y de forma expeditiva». Christian está profundamente enamorado, y le explica a Anastasia con cariño: «Es que quiero que te rindas a mí en todo, voluntariamente». Yo le preguntaría: ¿En qué quedamos guapo? ¿Quieres que se rinda en todo?, ¿o quieres que ejerza su voluntad? ¡Pues seguro que me diría que las dos cosas!, porque el sadismo es paradójico. Al sádico no le vale una masoquista cualquiera, desmayada y sin criterio. Su triunfo consiste en doblegar la voluntad de una persona hecha y derecha. Por eso los sádicos prefieren someter a una mujer independiente y segura de sí misma, que a una frágil.

Cuando Anastasia firma, implícitamente acepta que ella lo hace todo mal y que necesita de un mentor que la cuide, que sepa cómo funciona la vida y que distinga por ella entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal, entre lo adecuado y lo inadecuado. Podemos decir que se trata de un juego de seducción, vale. Podemos decir que cualquier práctica sexual consensuada entre dos adultos está permitida. Vale. El problema no es la firma del documento en cuestión, que en todo caso pertenece al ámbito de la ficción o de la intimidad de dos personas; a mí lo que me alarma es la cantidad de veces que en la vida cotidiana miles y miles de mujeres cumplen esas mismas condiciones sin firmar un contrato ¡y sin ni siquiera pasar por el cuarto de juegos para pasárselo bien!

Subirse al podio de masoquista viene a significar algo así como: «No importa cuánto me hagas sufrir, esta es una carrera de resistencia, ¡y yo resisto!, iYo me mantengo aquí, a tu lado, pase lo que pase, porque lo elijo voluntariamente!». «Yo decido someterme. Esa es mi voluntad. Acepto subirme al podio de masoquista, porque quiero y porque puedo». En ese momento, esa mujer que aparentemente solo sabe ocupar el lugar del objeto pasivo, con la que el otro puede hacer lo que quiera, ha realizado un acto supremo de voluntad y, por su propio pie, se ha subido a su propio podio de masoquista.

En eso consiste el triunfo trágico de algunas mujeres malqueridas. iEn mostrar una resistencia al sufrimiento y a la entrega a prueba de realidad! Exponen públicamente sus llagas, sus heridas abiertas, como si fueran medallas olímpicas. ¿Buscan ser sanadas? A veces me parece que no, que prefieren rompernos el alma con su dolor, que quieren asombrar al mundo con sus proezas masoquistas: “¡Nadie sabe sufrir tanto como yo! ¡Cuánta pena y cuánta admiración merezco!”

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