Maneras de romper

separarseDejar Ante una separación, uno quisiera poder pasar una línea divisoria y distribuir a los personajes del drama como en las viejas películas del Oeste: de un lado los buenos: allí colocamos a la víctima, al abandonado que pasivamente no tuvo más alternativa que tragarse la decisión del otro. Del otro lado ponemos a los malos: al insensible que tomó la decisión, al despiadado que pronunció las palabras asesinas que nadie quiere oír: «Ya no te quiero». Me temo que la vida suele ser más complicada que las películas de vaqueros, así que no se trata de defender a unos y demonizar a los de enfrente. El amor es caprichoso y viene y se va sin avisar. Las relaciones son complicadas, y a veces no es fácil mantenerlas a flote, a pesar del amor. No digo yo que al que deja siempre haya que ponerle una medalla; se trata de comprender a los dos polos de este drama, y de reconocer que unos y otros desempeñan un complicado papel en el espanto que supone una ruptura. Una separación es siempre dolorosa, como dijimos, nadie se separa porque sí, casi nadie abandona sin sufrir su parte y, por supuesto, nadie es abandonado de gratis.

El que deja lleva meses deshojando la margarita y tiene ante sí la difícil tarea de poner la decisión sobre la mesa y de cargar con la culpa de ser el responsable de la ruptura. No es fácil… Ser dejado De todas las situaciones posibles, de todos los escenarios imaginables, el peor, no hay duda, es ser dejado. al abandonado no se le ha permitido ni siquiera acostumbrarse a la idea.

El abandonado tiene ante sí una tortuosa tarea, lleva una triple carga sobre sus espaldas: él, como el otro, ha de sobreponerse a las consecuencias propias de cualquier separación: tendrá que inventarse una vida nueva, cambiar sus planes de futuro, empezar otra vez. Por otro lado, deberá curarse del efecto traumático de la sorpresa (ese inesperado empujón por la espalda) que lo lanzó al vacío. Por último, habrá de reconstruirse a sí mismo desde los despojos en que le ha convertido esa herida de muerte que el otro le infligió: la herida al amor propio que supone el sentirse rechazado y que le ha partido la vida en dos.

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