Enganchados al sufrimiento

Marielita encadenadaLo prometido es deuda y ¡más en mi blog! Tal y como les dije en mi anterior entrada, en las próximas semanas, iré desgranando las razones subjetivas que nos surgen del inconsciente para no separarnos, para no poner fin a una relación que nos está haciendo sufrir.

La primera razón es nuestra resistencia al cambio. ¿Por qué nos aferramos a lo que somos, a lo que tenemos o a lo que conocemos, aunque sea malo?

En el camino de vuelta de mis vacaciones de Semana Santa, recordé la historia de una de mis pacientes, Marina.

Marina está enganchada a una relación amorosa intermitente; una de esas relaciones que se rompe, se reanuda y se vuelve a romper, y que le produce muchísimo sufrimiento. Con cada ruptura, Marina se promete a sí misma que será la última, pero sabe que la historia se va a repetir, porque una fuerza más potente que ella misma la obliga a volver allí, donde tiene el sufrimiento asegurado.

Como Marina, vienen a mi consulta personas que buscan ayuda con esfuerzo y determinación para llevar una vida mejor, pero que, al mismo tiempo, parecen dominadas por un sentimiento de mantener vivo el sufrimiento. De hecho, antes de acudir a mí, los familiares, amigos e incluso los libros de autoayuda le han ofrecido un arsenal de soluciones para salir de ese bache. Consejos que el paciente agradeció cuando se los dieron pero que no fue capaz de seguir.

Incluso, a algunas de esas personas la vida les ha dado una oportunidad, les ha abierto un camino para poder mejorar su situación, pero, sin embargo, les cuesta mucho tomar ese camino hacia la felicidad. ¿Por qué ocurre esto?

Encontramos ventajas inexplicables de las costumbres más disparatadas. Sabemos que lo que él hace demasiado a menudo no se llama “ponerse nervioso” sino colocarse, insultarme y zarandearme, pero es como fumar; da igual lo que sepamos, un extraño placer nos alienta a justificarle, nos ayuda a decir que en realidad lo hace porque le importamos demasiado o porque algo habremos hecho mal. Justificamos cada uno de sus desprecios, cada uno de sus insultos… aunque nos mate.

En general, nos resistimos a cualquier cambio. Y es que cambiar es difícil, aunque sea para bien. Nos aferramos a lo que conocemos como si fuera lo único que existe. Y lo hacemos sin darnos cuenta, con la misma esperanza ciega de un ludópata de que una de las muchas veces en las que repetimos, ganaremos la mano y la historia saldrá bien…

La próxima cita… la idealización de la pareja.

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