El barranco

Mariela Michelena - Barranco del amorPara un «barranco» sería más adecuada una Rockola de cantina que un IPod porque las noches largas de un barranco reclaman un bolero, una ranchera o un tango.

Los duelos son esos barrancos que nos sorprenden en el camino de la vida y que dan vértigo. Barrancos que, nos guste o no, tendremos que atravesar para continuar el recorrido. Negarnos a pasar por ellos, no nos salvará del barranco, sino que nos detendrá en su orilla.

En Venezuela llamamos «barranco» a ese momento de desesperación que sigue a un desengaño amoroso. Un «barranco» es un despecho en toda regla. Angustia, tristeza, rabia y desconsuelo remojados en aguardiente o ron.

Para un «barranco» sería más adecuada una Rockola de cantina que un IPod porque las noches largas de un barranco reclaman un bolero, una ranchera o un tango.
Los duelos son esos barrancos que nos sorprenden en el camino de la vida y que dan vértigo. Barrancos que, nos guste o no, tendremos que atravesar para continuar el recorrido. Negarnos a pasar por ellos, no nos salvará del barranco, sino que nos detendrá en su orilla. Atravesar ese terreno escarpado y bordear el precipicio no es agradable, a nadie le gusta, pero la alternativa es quedarnos paralizados. Puede que hagamos grandes esfuerzos, puede que pongamos todo nuestro empeño con tal de no atravesarlo, pero si no avanzamos, es como si estuviéramos pedaleando y pedaleando sobre una bicicleta estática: ¡sudaremos mucho, pero no llegaremos a ninguna parte!
El objetivo en la vida no es permanecer paralizados donde estamos ni en la casilla numero cinco, aquella en la que estábamos antes de la ruptura o de la pérdida; el objetivo es avanzar, atravesar el «barranco» y llegar lo más sanos y salvos posible a la casilla número ocho, que será la que siga a la elaboración del duelo. En la casilla número ocho, o en la diez, no seremos los mismos que éramos en la cinco.
Cuando lleguemos allí sabremos más de nosotros, sabremos más de la vida, del duelo y del dolor y, ¡lo más importante!, nos habremos demostrado a nosotros mismos que podemos sobrevivir a la agonía que supone un abandono y al desconsuelo de una pérdida.

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